Sexo entre cuatro paredes (o no), por Pepi Bauló

+34 Tags: , , , , ,


Todo comenzó por la oportunidad de visitar 1000 m2 de exposición dedicada a la relación Arquitectura y Sexualidad, es decir, a investigar los espacios para el sexo en la sociedad occidental desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Pero ya son 2000 m2 y creciendo. Me explico: dupliqué la cantidad porque fui dos veces a verla. La primera sola y desapercibida. No sabía lo que iba a ver. Me hice una previa mental. Vean cómo se superó cualquier expectativa.

La exposición se ordena en tres bloques “Utopías sexuales”, “Refugios libertinos” y “Sexografías”. Como sé que volveré a verla de la mano de alguien muy implicado en su montaje, me dedico solo a las primeras impresiones. Me recibe un ojo enorme en una pared sobre la que se proyecta una escena de película: una inmensa prisión con las celdas dispuestas en círculo. Ejemplo de panóptico que nos da la primera pista. Una posición central desde la que se divisa la actividad de los otros. El ojo que todo lo ve. El Gran Hermano.

Esto promete y comienza el disfrute: a través de dibujos, planos, maquetas y libros entras de lleno en el siglo XVIII en el que se dan, al tiempo, los grandes excesos del libertinaje y los proyectos más racionales para la ordenación social de los placeres. El grito de Claude-Nicolas Ledoux, ¡Lo que los Gobiernos no se atreven a hacer, lo afronta el Arquitecto!, preside este espacio dedicado a Restif de La Bretonne, Sade, Fourier… y a un, para mí, desconocido e interesantísimo reformista inglés Jeremy Bentham.

Desde este punto arranca la exposición de 250 piezas que muestran una tensión, por un lado, entre los mecanismos del poder para controlar las actividades sociales: trabajo, diversión, ocio y, por supuesto, sexo. Del otro lado, la creatividad desbordante del individuo para eludir ese control escapando hacia mundos perfectos en los que poder vivir sus pulsiones sexuales en libertad.
De la idea de falansterio de Fourier al edificio Walden de Ricardo Bofill, discurro por todo un catálogo de edificaciones programadas para la convivencia social. Entro en una recreación de un edificio imaginario descrito al detalle por el arquitecto Nicolas Shöffer: el Centro de Entretenimientos Sexuales. Proyecciones, luces, estructuras en movimiento, acolchamiento de texturas, aroma de peonia. Hago fotos hasta aburrir en medio de esta burbuja. Qué hipnótico es todo esto…

Y me quedan por ver, en la segunda parte de la exposición, “Los refugios libertinos”: petites maisons, gabinetes privados, boudoirs… espacios trampa en los que todo, desde el mobiliario hasta la comida, conspira para el placer de los sentidos. Con una voluntad literaria que preside toda la muestra, aquí el visitante dispone de un pequeño gabinete en el que disfrutar de lecturas de ficción libertina.

En esta línea de fantasía, veo escenografías como la que ideó el arquitecto racionalista Aldolf Loos para que Joséphine Baker se bañara desnuda. O como la de la habitación en la que, secretamente, el profesor universitario Carlo Mollino tomó polaroids a miles de mujeres desnudas o semidesnudas con idéntica meticulosidad entomológica con la que coleccionaba miles de mariposas. Me desazona.

Un poco más adelante, compruebo alborozada cómo similares estrategias de cortejo a las que acabo de ver en los espacios de las petites maisons, sirven de patrón para un apartamento prototípico del universo Playboy. Boquiabierta ante las imágenes de una peli de James Bond. En todo su esplendor, ahí está el universo Hefner, embrión de la imaginería sexual que invade nuestras vidas desde los años 60, desde las bebidas a la decoración. Casi contemporáneo del haz el amor y no la guerra, “sous les pavés, la plage” o las comunas hippies (estupendo ejemplo de espacio sexual que también tiene su reflejo en la exposición pero que no les cuento porque, se harán cargo, no se puede resumir tanto metro cuadrado en una reseña).

A la vuelta de la esquina, encuentro dos de mis ídolos pop precursores del cibersexo: Woody Allen como chiflado entre máquinas orgásmicas y Jane Fonda como Barbarella disfrutando de sexo seguro enfundada en látex y otros plásticos.

A la vuelta de la esquina, encuentro dos de mis ídolos pop precursores del cibersexo: Woody Allen como chiflado entre máquinas orgásmicas y Jane Fonda como Barbarella disfrutando de sexo seguro enfundada en látex y otros plásticos.

Tercer y último bloque: “Sexografías”. Platós de cine y fotografía, videoarte y el topos de la pornografía. Varias X enormes sobre una puerta que nos lleva a una sala de cine ídem y otra puerta que no nos lleva más que a entreabrirla y espiar… no puedo decir el qué. Nunca pensé que diría esto en una crónica pero tras el dulce cansancio de tanto sexo, me quedan pocas fuerzas para disfrutar de esos templos de la sexualidad paroxística a ritmo de sonidos sincopados y luces estroboscópicas: las acid houses y, sí, las discotecas con sus dance, trance, droga de diseño, pseudorgías grupales.
Todo han sido sensaciones. Expresamente no me he demorado en ninguna sala. He llevado el estupendo catálogo en la mano resistiendo la tentación de leer nada. Siento lástima cuando veo el letrero de Salida. Pero tengo suerte. La próxima visita la hago de la mano de mi amiga Rosa Ferré, una de las comisarias de la exposición con Adélaïde de Caters y asesorada por Beatriz Colomina, Esther Fernández y Marie-Françoise Quignard. La felicito por la exposición, por las maquetas originales, por este ingente trabajo que por cierto viajará a París. Bravo. Regalazo del día: nos acompaña Remedios Zafra, escritora y profesora de arte, antropología social, estudios de género, cultura digital y un prestigioso y largo etcétera, que ese mismo día intervendrá en el ciclo de conferencias programado a raíz de la exposición.

Entonces veo “otra” exposición, a través de la charla con estas dos expertas, conozco muchas de las bases teóricas que, como un cañamazo invisible e inteligentemente trazado, sostiene toda la muestra. La conversación enciende focos sobre nombres fundamentales en esta historia de espacio y pensamiento. Hablamos de la gran cantidad de no lugares en los que ha existido y se ha desarrollado la sexualidad humana: habitaciones, burdeles, salones privados, cuartos oscuros, salas de cine, cabinas de sex-shops, baños públicos… cualquier rincón construido del universo en el que se haya practicado el acto es solo una parte del escenario de nuestra actividad sexual. La mayor parte de nuestros deseos, sueños, fantasías y proyecciones ha sucedido en la imaginación. El imaginario colectivo, ese caleidoscopio gigante.

La mayor parte de nuestros deseos, sueños, fantasías y proyecciones ha sucedido en la imaginación. El imaginario colectivo, ese caleidoscopio gigante.

Son 2000m2 y la cantidad va creciendo. Sucede con los temas interesantes: pulsas un botón y todo son conexiones. Al día siguiente de la última visita a la exposición, leo el último libro del enorme Gay Talese, El motel del voyeur (Alfaguara, 2017). En él, el periodista cuenta cómo accede al dietario de Gerald Foos, el dueño de un motel en cuyos conductos de ventilación había instalado mirillas con las que, durante años y con la complicidad de su esposa, se dedicó a observar a sus clientes. Un filón para el maestro del periodismo narrativo pero Talese ha dudado décadas en escribir sobre esta historia debatiéndose entre los conceptos de público y privado. No son mil metros, pero consensuemos, sensualidad con seso, que los moteles son edificaciones míticas y esta historia sería digna de estar en una próxima exposición de Arquitectura y Sexualidad.

 

* A propósito de la exposición ‘Arquitectura y sexualidad. 1000 m2 de deseo’. Realizada en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona).