Sagrada Familia 360º, por Pepi Bauló

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Desde que se inventara la fotografía y, con el advenimiento de la clase media burguesa, se popularizara el fenómeno de masas que conocemos como turismo, cada ciudad se ha adscrito normalmente a una vista general donde su monumento principal actuase como fetiche e icono de reclamo. Así el Coliseo de Roma, el Big Ben de Londres, la torre inclinada de Pisa, la Eiffel de París -o Notre-Dame-, la Estatua de Libertad en Nueva York, el acueducto de Segovia o, la que hoy nos ocupa, el templo de la Sagrada Familia de Barcelona. Edifico singular de un arquitecto y personaje no menos singular su existencia inacabada ha condicionado la vida del barrio donde se enclava. Nuestra corresponsal en Barcelona, la escritora y creativa Pepi Bauló, vive frente a la Sagrada Familia. Le hemos pedido que haga un trabajo divertido y concienzudo sobre este espacio y sus derivas urbanístico-políticas. Hoy que ya estamos en la época de las ciudades culturales y del turismo inteligente será interesante comprobar cómo un edificio sigue condicionando la vida de sus habitantes aledaños más allá de la impresión del selfie o la postal de antaño. Pasen, lean y vean lo que no sale en sus cuentas de Instagram. (H.M).

 

 


SAGRADA FAMILIA 360º

“Lo inacabado tiene un profundo encanto, esta fuerza rota,

este impulso ininterrumpido, este vuelo detenido…

¿Qué hubiese podido ser y adónde hubiesen podido llegar?”

Azorín

 

Por Pepi Bauló

 

Vivo en un barrio con una Torre de Babel plantada en medio. En Barcelona, hay varias babeles. Un par son horizontales: Las Ramblas y la Playa de la Barceloneta. Pero hoy os quiero hablar de la mayor de todas: el templo expiatorio de la Sagrada Familia.

Todo empezó así:

 

A su creador (llamémosle genio, llamémosle iluminado, yo le llamo arquitecto) Antonio Gaudí (Wikipedia)  lo borró del mapa un tranvía. Aquí la noticia en El Mundo Gráfico:

 

 

Desde entonces, en Barcelona aún no nos hemos puesto de acuerdo sobre si los tranvías nos gustan o no. Esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión, como en otra ocasión podemos hablar, si os apetece, sobre las controvertidas figura y obra de Gaudí. Aquí nuestro punto de vista será prioritariamente el urbanístico y sociológico.

Usted está AQUÍ

El templo comenzó a edificarse en el año 1882 y sigue en construcción, aunque, después de años y años de incertidumbre, ya se ha fijado fecha de finalización: 2026. Entre los barceloneses hay mucho escepticismo con ese dato. Sin ir más lejos, las personas de mi generación, lo que hemos contemplado durante décadas, ha sido esto:

Es más, para dar a entender que una tarea o proyecto se eternizaban en el tiempo, se ha forjado la expresión “esto está durando más que las obras de la Sagrada Familia”.

Actualmente se trabaja a destajo y el monumento toma su forma final, o su deformación final según no pocas voces que ponen en tela de juicio el acierto de estas obras de continuación. Gaudí murió viendo a penas alzada la fachada del Nacimiento, con su personalísimo modernismo orgánico y naturalista. Pero, a modo de ejemplo, la fachada opuesta, firmada por el arquitecto Josep María Subirats, es una explosión de esculturas más propias del cubismo. Desde la procedencia de la piedra al modo de esculpirla, los cambios son más que evidentes. Los planos originales se quemaron en un incendio y, aunque existe mucha documentación adicional, no es descabellado calificar el edificio de palimpsesto o aluvión arquitectónico. Históricamente, comenzar en un estilo y seguir en otros, tampoco es tan raro en la construcción de grandes edificaciones. Sin embargo, la Sagrada Familia ha vivido momentos polémicos y de guerra contra abominables apéndices como la escultura de la representación bíblica de San Marcos, un león que parecía escapado de la factoría Disney. Por una vez, y seguro que sin que sirva de precedente de nada, la opinión popular consiguió su “fulminación”. Allí está el resto del edificio, creciendo y creciendo hasta la batalla final: la torre principal, dedicada a Jesucristo y que, gracias a su altura de 170 metros, convertirá esta iglesia en la más alta del mundo.

El “monstruo” tiene dirección postal, al menos en el Google Maps aparece sito en la calle de Mallorca, 401, distrito postal 08013 de Barcelona. Apuntemos, como quien no quiere la cosa, que el proyecto no ha pagado ningún impuesto desde que comenzaron las obras. Recientemente esa irregularidad ha sobrevenido actual porque el Ayuntamiento de Ada Colau ha conseguido que los “albaceas” de Dios en la Tierra, léase el Arzobispado de Barcelona, comiencen a abonar el permiso de obras.

En fin, la cuestión es que usted (y yo) esta(mos) aquí.

 

Sobre todo yo que llevo casi siete años viviendo frente a este mastodóntico edificio del que me separa una calle cada vez más invadida de turistas, policías, más turistas, vendedores ambulantes, taxistas, grupos de turistas, barrenderos, agentes cívicos, nuevos turistas, repartidores, ciclistas, guías turísticos y… sí, algún que otro vecino. Riadas humanas suben por unas aceras y bajan por las contrarias. El mundo entero se moviliza los 365 días del año para visitar la Sagrada Familia.

En siete años he orbitado repetidamente alrededor este templo percibiendo la transformación en su interior, su exterior y, por su puesto, en su perímetro inmediato. No tantas transformaciones como las que ha vivido Lucía, una las primeras habitantes del edifico en el que ahora somos vecinas. La mujer vivía en el barrio con sus padres que regentaban una tienda. Recién casada, buscó acomodo y alquiló el sexto piso de esta finca, casi esquinera con la calle Mallorca, construida en 1932 y una de las primeras del lugar en tener ascensor (ese que ahora se estropea día sí y día también). Lucía lo recuerda todo nuevo y bonito, el ascensor, la alfombra y la lámpara de la entrada, los timbres de brillante latón… Poco queda de aquel esplendor, pero sigue siendo una finca regia y a mí, como a Lucía, nos sigue pareciendo bonita.

Aunque Lucía conoció el templo a medio construir, este ya era un símbolo de la ciudad con su Fachada del Nacimiento, la más antigua, protagonizando calendarios y postales. Pero las obras estuvieron años inactivas, y las pocas torres alzadas, alegoría de un órgano, eran una presencia arquitectónica casi fantasmal. Barcelona se acostumbró a vivir con aquel boceto de piedra inacabado y muchos ya no esperaban su conclusión.

El proyecto experimentaba acelerones, como el impulso que, en 1952, le dio el XXXV Congreso Eucarístico Internacional, o sufría “ataques” en forma de manifiestos en su contra firmados por arquitectos e intelectuales. Con la transformación de la Ciutat Comtal en Ciudad de Vacaciones, principalmente por obra y gracia de las Olimpiadas de 1992, los ojos de la industria del ocio y el turismo se posaron en esta edificación religiosa y se reanudaron los trabajos “expiatorios” a toda marcha. Atrás quedaban los tiempos en que se nutrían de donaciones privadas y mesas petitorias. La voluntad de Antonio Gaudí, católico integral, era que el dinero para la obra se obtuviese única y exclusivamente de las aportaciones de los futuros feligreses. Con el tiempo, la cuestación adquirió tintes más mercantilistas y se consideró que los tickets para pagar la entrada podrían considerarse “donativos”. Las taquillas de la Sagrada Familia fueron el acceso a las “puertas del cielo”. Desde que este lugar de carácter religioso ha mutado en monumento, son cerca de 100 millones de euros anuales los que se recaudan en los bolsillos de los miles de personas que a diario la visitan. Visitantes de todos los credos y religiones. Significativamente, durante los funerales que se oficiaron en honor a las víctimas de los atentados sucedidos en Barcelona, el fatídico verano de 2017, se sugirió que no se celebrara un acto exclusivamente católico dadas las diferentes nacionalidades y creencias de los fallecidos. Ello se corresponde con la idea, expresada en más de una ocasión, de que la Sagrada Familia pudiera muy bien convertirse en un templo de las multireligiones más acorde con los nuevos tiempos. Una Babel religiosa, si se me permite barrer para el tema que me ocupa.

Renovarse o morir

Pero ¿qué sucedía en los alrededores del ultrafamoso templo a partir de su reactivación? Más que construcción lo que acontece ahora en este macro solar es frenesí. Los primeros quioscos y puestecillos ambulantes, los primeros bares en ofrecer platos típicos, las primeras tiendas vendiendo recuerdos… habían aparecido ya lenta y discretamente, sobre todo en los años 60 (seiscientos y suecas, Ministerio de Información y Turismo… etc.), conviviendo con los negocios tradicionales. La clonación alocada de souvenirs, las paellas liofilizadas y las cervezas mal tiradas al doble de su precio no sucedió de un día para otro, pero esa es la sensación generalizada. Casi todos los locales susceptibles de convertirse en un negocio dedicado al turismo fueron cediendo al tsunami. Hoy, solo contabilizando mi pedacito de calle, tramo que va de Valencia a Marina, hay 12 tiendas de souvenirs y establecimientos fast food. El Ayuntamiento insiste en que está regulando las aperturas, pero yo veo precintar un local y abrir tres. No se trata de un problema de este barrio, toda Barcelona parece afectada por el virus.

Turismo, ¿una actividad que beneficia la economía y al tiempo afecta la calidad de vida de los ciudadanos? No vamos a responder a tan complicada cuestión en este humilde espacio. Solo nos ocuparemos de los comercios y espacios vecinales que han conseguido sobrevivir a esta situación bien con la resistencia, bien con la adaptación que es, en realidad, otra forma de resistir.

¿Son individuos que siguen con su negocio tozudamente ajenos al phenomeno SF o lo han incorporado a su modus operandi para que no les afecte negativamente? La tienda de productos gallegos, el bar que no quiso ser traspasado, la farmacia 24horas que toda la ciudad conoce, la camisería en la que te atienden y te miden las hechuras como en los años 40, el colmado que ofrece helados al turista y delicatessen a los nativos o viceversa… Vamos a caminar en círculo, sin pagar ninguna entrada, visitando la “Resistencia” del barrio de la Sagrada Familia y vamos a ir despacio, tralará, procurando no contar mentiras.

Vamos a dar una vuelta

“Al servicio del barrio desde 1930” es la tarjeta de presentación del colmado Sardá (Marina, 237). Comenzó siendo una lechería, la prosperidad no tardó en llegar y el negocio se afianzó en una zona de crecimiento. Como explican a quien le interese, durante los difíciles años de la postguerra, consiguieron una licencia de torrefactores que les permitía comprar café crudo de Colombia y Brasil, tostarlo artesanalmente y comercializarlo como “Cafè Sardà”. Tras muchos años de trabajo, adaptándose a los nuevos tiempos, pero fieles a su idiosincrasia familiar, este establecimiento tiene el honor de haber sido regentado por cuatro generaciones mujeres Sardà, trabajadoras independientes y grandes comerciantes. No muy lejos, otra familia de charcuteros, los Galobart, llevan alimentando al barrio con viandas, platos preparados y pollos al ast también desde los años 30.

Sin poder exhibir un pasado tan extenso, a Mari & Casa Debasa (Marina, 254), otra empresa familiar fundada en 1983, se la conoce en el barrio y en el resto de Barcelona, como la tienda de los gallegos por ser una de las “embajadoras” de los productos más exquisitos de Galicia y el Bierzo. Pulpo, empanada, queso, albariño, ternera gallega, tarta de Santiago y hasta pan, todo lo que puedas imaginar en clave gallega… lo tienen. ¿Entran los turistas a comprar estos rústicos manjares de dioses? No es lo más habitual, la tienda registra verdaderos llenazos con los clientes de toda la vida y los que llegan recomendados; pero, de tanto en tanto, alguna pareja de japoneses se extasía ante el mostrador o un ricachón yankee compra cinco jamones de golpe. Habían llegado a regentar un restaurante tradicional en un local vecino, pero no lo vieron claro y lo cerraron. Ahora, en otro punto de la ciudad, gestionan la distribución de sus productos para el mercado de hostelería. El imperio Debasa se mantiene

 

Turro (Plaça de la Sagrada Familia, 3) ha sido el comercio más veterano de la zona: una pastelería bombonería que endulza la vida de los barceloneses desde el siglo XVIII y que, hasta el verano pasado, se medía en antigüedad con el templo. Ahora se han trasladado al Paseo San Juan, a solo tres calles, pero ver el cartel de SE ALQUILA en su puerta de hierro pintada con un gracioso camarero, le resta alegría a la calle. Menos mal que nos queda la Xurrería Sagrada Familia, un establecimiento que ha servido chocolate caliente, churros, porras y melindros desde 1955. A nadie, excepto a mí, llama la atención que todo el personal sea asiático o latinoamericano. Sus patatas fritas se venden en alguno de los bares de la ciudad.

La Sastrería Aguilera (Plaça de la Sagrada Familia, 13) con camisas de calidad y sus trajes a medida desde 1943, ha sobrevivido incluso al famoso cine Niza del que hablaremos enseguida.  Marcel·lí Aguilera comenzó a ofrecer sus servicios de sastrería en su piso de la calle Padilla y, diez años más tarde, el 13 de noviembre de 1953, inauguraba en la Plaza de la Sagrada Familia. Más de 70 años dedicados a la moda masculina y, además, actualmente colaborando con seis ONG’s.

En 2005, la sala de cine más relevante del barrio y una de las más importantes de Barcelona, el cine Niza, dio su última proyección, la película Million Dollar Baby, medio siglo después de que fuera inaugurado en el número 12 de la Plaza. Con capacidad para 1300 personas, llegó a albergar un salón de baile y billares. En tiempos de la Transición política española sus butacas dieron asientos a varias reuniones de partidos y asociaciones: el Partido Socialista Unificado, Esquerra Republicana, que celebró aquí su IX congreso, y el Frente de Liberación Gay. Su fachada, vagamente neoclásica, resistió a la espera de que alguien reutilizara el edificio, preferiblemente para equipamiento urbano. Las obras comenzaron en 2019 para construir viviendas y un centro comercial, aunque se ha prometido que incluirán una zona verde y algún espacio que recuerde la existencia del Niza. Menos da una piedra.

 

Mira quién baila

El templo es como un gran escenario, como una pantalla sobre la que proyectar experiencias personales (además de nuestra admiración, reticencias, indiferencias o curiosidad). Hay quien lo utilizar de telón de fondo y no solo de sus fotos, cosa que sucede miles de veces al día, sino también de otras manifestaciones de su creatividad. He visto a gimnastas en equilibrio y a equilibristas que parecen gimnastas del cemento. Y después de ganar un hueco entre los grupos de fotógrafos compulsivos y los vendedores ambulantes, ante las cejas levantadas de los agentes cívicos, parejas o grupos de jóvenes enfundados en mallas y calentadores llegan para danzar o patinar a los pies del gigante de piedra. No es infrecuente ver flashmob, incluso para pedidas de mano que pueden resultar un poco cursis, pero más divertidas que los típicos reportajes de fotografía nupcial que utilizan el reflejo de la fachada antigua en las aguas del estanque.

 

 

Los miembros del Esbart de Danza Gaudí (Passatge de Carsí, 13) han bailado ante el templo desde 1949, cuando fue fundado por Ramon Espín. El grupo nacía en la Parroquia del Barrio, pero tomaba el nombre del arquitecto para rendirle homenaje. Era un centro de reunión, actividades y cohesión social en el que hoy solo pervive la danza y el espíritu asociacionista. La sede estuvo durante años en uno de los peculiares pasajes de la zona, pero ahora se ha trasladado a las dependencias de la estupenda Biblioteca donde comparte espacio con el Mercado Municipal.

Hablando de danza, no se puede dejar de mencionar a uno de los bailarines más peculiares que pueden verse en esta ciudad de sorpresas: baila en, con y desde su silla de ruedas (impresionante) con absoluto desprecio de la ley de la gravedad, con la fuerza de sus brazos y de los muslos de unas piernas que no existen más allá de las rodillas.

Aquí siempre hay movidas: el Ayuntamiento elige, cada vez con más frecuencia, este barrio para celebrar diversos eventos ciudadanos, existen las fiestas propias del barrio, los festivales de las asociaciones o concentraciones para bailar swing, sardanas o zumba y los mercados ambulantes. Pero lo más impactante son las concentraciones de grupos folklóricos, fundamentalmente latinoamericanos, que traen aquí sus celebraciones nacionales como se muestra en este video. La nutrida presencia de inmigrantes en el barrio es un dato que daría para otro post muy interesante y no menos babélico. Los latinos tienen sus propias tiendas de víveres, tiendas de moda y restaurantes. Tampoco faltan las colonias de asiáticos que se caracterizan por estar siempre detrás de los mostradores de sus comercios y casi nunca paseando o tomando algo en la calle. Los rusos no son tan numerosos, pero les “delatan” un par de supermercados de productos patrios. Mucho más diluidos en el entono, alrededor de la Sagrada Familia vive y trabaja un gran grupo de italianos como lo demuestran la pastelería Il Forno y los helados de la Cremería Siciliana, las pizzerías Piazzenzia, Don Angelo, Toscana, El Felino, Sports Bar Italian Food, … y mis preferidas: Miss Simona y Pizzeria Ottantotto, ¡bocatto di cardinale!

 

Quedando para tomar el vermut

Tantos pasos alrededor de este centro de gravedad permanente dan sed y hambre. Aquí es fácil saciar todos los gustos: cafeterías, taquerías, pizzerías, hamburgueserías, toda la gama asiática de comidas (woks, shushis, baos, noodels, pokes) y, naturalmente, arrocerías y taperías patrias. Todo de todas las cadenas imaginables.  Sin hacer publicidad de marcas ultraconocidas, has de saber que puedes escoger desde un café en vaso de plástico en el que apuntan tu nombre para llamarte a gritos hasta un barrilete de alitas de pollo con el logo de un viejo militarote americano.

Pero si se trata de desatacar lo autóctono, estamos de suerte pues varios establecimientos aún pueden presumir de pedigrí. ¿Apetece ese vermut? Uno de la marca Izaguirre de Reus se lo puedes pedir a David que atiende la barra de una pequeña bodeguita de 1903: La Bodega del Poblet con una clientela que “transige” pacientemente con los turistas despistados que entran en este local de barrio-barrio. Esta taberna toma su nombre de la antigua zona llamada “El Poblet” urbanizada en la segunda mitad del siglo XIX, con la construcción de casas de planta baja y alguna masía, desde la calle de Marina hasta el Paseo de San Juan. No te cansarás de observar los mil objetos y cuadros que decoran el bar mientras deglutes las ricas patatas con all-i-oli, ahumados, encurtidos y croquetazos de impacto que maridan a la perfección con las cervezas y la música en directo de algunos amigos de la casa.

Otras dos bodeguillas de solera compiten con la del Poblet en los aledaños del territorio Sagrada Familia: La Bodega del Barri y El Celler del Vermut. Y escondido en el número 20 del Passatge de Simó, encontraréis el paraíso del vermut, la tapa ideal y la buena música: estamos en Sagrades Taninnes que ocupan un viejo local donde se encontraban los baños públicos del barrio. Imborrables mañanas de domingo, con inesperadas actuaciones espectaculares y la mejor compañía han hecho de las Sagrades mi local de referencia.

Seguimos de copas (con moderación, como aconsejan las autoridades) en el Michael Collins Pub que, desde su inauguración en 1997, ofrece ambiente típicamente irlandés en el corazón de Barcelona. Ideal para futboleros, cerveceros y amantes del ambiente ruidoso y caldeado. Pero si se trata de calor, the best caipirinhas & mojitos de la ciudad se siguen sirviendo desde 1984 en Samba Brasil (Lepant, 297). El Samba es uno de los pocos locales que cierran tarde, algo que en Barcelona viene siendo un milagro. Advertencia: los videos musicales brasileños en las pantallas de la pared pueden llegar a hipnotizarte. En el Collins mucho extranjero, aquí básicamente brasileños y vecinos.

En la cercana calle Valencia, me hace abrir los ojos con asombro la existencia, parece que desde 1976, de un grandioso establecimiento de material militar y coleccionismo, Militaria, al que no me he atrevido a entrar, pero que he mirado largamente desde la puerta mientras compraba (a precio de oro) algunas verduras a la única y última payesa del lugar que las vendía en el portal de su planta baja. Ahora solo se puede comprar el equivalente a ese tipo de producto fresco en las llamadas tiendas ecológicas que en el radio de mi hogar no escasean: tengo localizadas por lo menos 6. Y no me quejo, pero añoro a la mujer payesa sin desmerecer tampoco el Mercado Municipal, adosado a la Biblioteca, rehabilitado y empecinado en ofrecer sus productos de proximidad, aunque, desafortunadamente, no todas las paradas están en activo.

Ir a por el pan

Si con pan y vino se hace el camino os diré que, para encontrar una buena panadería en este barrio, no de las que pertenecen a franquicias de panes y croissants gomosos que están en cada esquina, hay que caminar un poco. Pero el esfuerzo queda recompensado en la parte más alejada de la Avenida Gaudí, ya cerca del Hospital de Sant Pau, allí todavía se respeta el arte del agua y la harina bajo el rótulo de Panadería Puiggròs, en mi opinión, los mejores panecillos de Viena de la ciudad de los que la familia se siente orgullosísima. A ellos no se les ha ocurrido vender Sagradas Familias comestibles como a los de la franquicia de Vicens, una cadena de tiendas de turrones muy prestigiosa y antigua pero que, a base de crecer y multiplicarse, ha perdido parte de su encanto artesanal. De chocolate, de cerámica, de papel, de plástico, de latón… la Sagrada Familia da la extraña sensación de estar EN VENTA, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie.

 

 

Este barrio es una joya

Art Neu’s (Plaça de la Sagrada Familia, 2) es una de las tiendas de antigüedades más pequeñas que he visto jamás. Sus precios son muy asequibles pero la verdad es que hay menos clientela local de la que merecería. Los turistas que desean un recuerdo menos estereotipado encuentran aquí estupendas oportunidades. El par de joyerías que se localizan cerca del templo, Idar (Provença, 443) y Torrents Gianni (Avenida de Gaudí, 60) también resisten con diseños que recuerdan vagamente el estilo modernista y el “trencadís” gaudiniano… y compiten así con la tienda oficial del templo que vende tanto bisutería como costosas joyas. Las tiendas de tasación y compra y venta de oro no faltan en el barrio, pero ocupan un lugar discreto comparadas con las numerosísimas tiendas de móviles y accesorios informáticos. Sin embargo, la ausencia casi absoluta de casas de fotografía sí que es muy significativa, no es un secreto para nadie que los móviles equipados con cámaras de serie han desbancado a las cámaras de fotos. Delante de monumentos como la Sagrada Familia se realizan miles de disparos al día y poquísimos revelados.

A pocos pasos del perímetro establecido, encontramos algunos establecimientos imprescindibles que le suman en positivo al barrio: una librería, La ploma, que en tiempos estuvo especializada en un género literario que me entusiasma, los libros de viajes, y que sobrevive con tesón, aunque habiendo abandonado su especialidad. El refuerzo se ha producido como un milagro con la apertura de la librería Tomiris, por suerte o por desgracia, algo alejada del trasiego turístico y atendida por Elena, una de las libreras más entusiastas e informadas que conozco, lo que me hace exclamar como si de una película de romanos se tratara: ¡larga vida a Tomiris! Ya puestos, aunque nos sigamos distanciando del sacro santo edificio, es imposible no mencionar la oferta musical más relevante de la zona: el Jazzman (Roger de Flor, 238) el local de jazz más pequeño y genuino de la ciudad, auténtico club abierto desde 1979 que, por obra y gracia del bartender David, ofrece buenas copas y exquisitas actuaciones en directo para los entendidos y los incondicionales amigos de la casa. Desde los años 80, también Casa Mariol (Rosselló, 442) se lleva la palma con la venta de vinos y algunas especialidades de la comarca tarraconense de la Terra Alta (cocas, vermut, aceitunas, sardinas) que no son fáciles de encontrar en Barcelona.

 

Construcción versus desalojo

Alrededor de este imán de Historia e historias, las polémicas urbanísticas están servidas. Por descontado las derivadas de la misma construcción del templo que desde siempre levantó ampollas en la configuración de la ciudad. Su ubicación en medio de lo que sería el Eixample, en un terreno edificable de casi 15.000 metros cuadrados entre las calles Provença, Mallorca, Marina y Sardenya, rompía de facto la cuadrícula del plan Cerdá. Lo mismo que sucedería con el Hospital de Sant Pau, otra joya del Modermismo catalán. Cuando encargaron construir una modesta capilla al modesto arquitecto Francisco de Paula del Villar, aquellos hombres piadosos que fueron el librero Josep María Bocabella y el sacerdote Josep Manyanet ni se imaginaban la que se iba a liar. La vida da muchas vueltas, la historia más, y, para comenzar, a don Francisco le sustituyó don Antonio (Gaudí) y el municipio de Sant Martí de Provençals, donde se encontraba el terreno, fue absorbido por Barcelona en 1866. Y nada fue igual.

Los planes preveían una cruz de jardines ocupando los cuatro costados del Templo. Actualmente, solo existen dos: uno delante de la Fachada del Nacimiento y otro delante de la Fachada de la Pasión. No son muy excepcionales, pero ahí están. Por lo menos son de tierra, cero cemento por ahora. Como a nadie se le ocurría que la obra llegaría a su fin, se urbanizaron lo que hoy son las calles Mallorca y Provenza sin tener para nada en cuenta la obra gaudiniana. Hoy por hoy, se ha determinado que a las edificaciones de la calle Provenza no se les toque ni un ladrillo. Distinta suerte para los edificios de la calle Mallorca, entre Marina y Sardenya, donde se situará el acceso principal en la llamada fachada de la Gloria. Allí se ubican varias naves industriales ocupadas por una macro tienda de souvenirs y por una especie de tienda / museo dedicada a la promoción y merchandising del Futbol Club Barcelona.

Pero una de las mayores constructoras catalanas desde los años 50, Núñez y Navarro, levantó en ese mismo lugar dos grandes edificios cuyos pisos se vendieron con la condición de que, llegado el momento, si la basílica cumplía el plan original, deberían ser revendidos a precio de mercado y desalojados sin objeción. Parece que ese momento es inminente, pero nadie sabe cómo se va a proceder. Muchos vecinos se resisten a dejar sus pisos, especialmente en este delicado momento inmobiliario, y, por otra parte, no está claro que las intenciones originales de Gaudí, puestas en duda por muchos, hayan de llevarse a cabo fielmente. ¿Una gran avenida desde la puerta principal que llegue hasta la Diagonal “arrasando” con lo construido en las calles Valencia y Aragón? ¿Un boulevard que solo se llevase por delante las naves? Sea como sea, la construcción ya está ocupando más espacio del permitido urbanísticamente en ese flanco y serán precisas obras en la calle Mallorca para ubicar, mediante un voladizo o como fuera, las grandes escalinatas de acceso al templo.  La Asociación de Vecinos, muy activa, por cierto, ha presentado batalla a lo que consideran una injusticia histórica, tanto por los años transcurridos sin abordar el problema como por la desinformación en la que, según declaran, les tienen sumidos por igual Ayuntamiento, Junta de obras y Arzobispado. Varios han sido los alcaldes que, ante la reactivación de las obras, han hecho amago de presentar soluciones que a nadie convencieron. He leído en la prensa que un vecino, resuelto a quedarse donde tiene su hogar, exclamó: “Ya tienen su solar, que crezcan hacia el cielo que seguro que allí les espera Gaudí”. De tanto en tanto se convocan actos de protesta, el tema va lento, pero en la calle Valencia veo un edificio deshabitado y tapiado. Me pregunto si las obras harán desaparecer alguno de los pasajes arbolados de casas bajas que conectan las calles Mallorca y Valencia. Me daría pena.

 

La soledad del solar

Otra de las ideas urbanísticas barajadas al respecto de la última fase de construcción de esta iglesia de iglesias, pasa por la utilización de otro edificio peculiar de la zona. Desde el balcón trasero de mi piso disfruto de la visión parcial del parquecito de plaza Gaudí, pero sobre todo puedo ver un gran solar. Al principio no sabía qué tipo de construcción era y ningún cartel ayudaba a la identificación. Sin llevarse a cabo ninguna actividad aparente, un vigilante jurado ocupaba día y noche una pequeña garita en uno de los lados. Se trata de los números 424 y 432, setenta metros de fachada de lo que, según acabé averiguando, eran antiguos almacenes de la Societat General d’Aigües de Barcelona (Agbar).

 

A ese enorme espacio lo he considerado el patio de mi casa, que es particular (aunque solo lo disfruto con la vista porque está completamente prohibido el paso) y cuando llueve se moja como los demás. Me he embobado mirando el parterre central con un extraño abeto de copa truncada, una fuente antigua en medio de lo que antes fue un rectángulo de césped y dos grandes palmeras, que se pusieron enfermas en el verano de 2016 y a las que cortaron de un tajo limpio su cabellera tropical. Mi vecina Lucía viene a nutrirme de nuevo con sus recuerdos de cuando ese lugar estaba lleno de gente y coches de la compañía y todo estaba limpio y cuidado. Ahora es un refugio para los pájaros del barrio y las enormes naves vacías (que preferiría ver llenas de talleres de artes gráficas o aulas para actividades del barrio) bostezan con sus ventanales a la espera de unas obras gigantescas que quizás alberguen a unos vecinos que no desean vivir allí. Ninguno de los turistas que pasan a diario delante de sus portones sospecha nada de todo esto. Mientras, los vecinos en riesgo de desalojo, a pesar de que se les haya prometido recolocación, protestan como pueden y en los portales de sus edificios cuelgan carteles pidiendo a los guías turísticos: “Basta de mentiras”.

Todo esto sin abordar el tema de los apartamentos turísticos, las desaforadas subidas de alquiler, el mobbing inmobiliario y las mil caras de la gentrificación que nos llevaría horas desarrollar.

Okupas y cómics

El barrio de la Sagrada Familia también experimenta otro tipo de desalojos porque los problemas de la ciudad no pasan de largo por este paraíso de turismo internacional. En mi estancia he podido conocer varias casas ocupadas como La Engorilada (Lepanto, 253) que se presenta en su cuenta de Twitter como “Espacio libertario okupado por amigas de la runa. Abierto al vecindario y cerrado a la gentrificación y a turistas. Sagrada Familia Fuck Off. Ama al barrio, odia al turismo”. O como Can Tonada que, en 2015, ocupó un imponente edificio es una esquina del Paseo Gaudí (cantonada es esquina en catalán) propiedad del famoso millonario y coleccionista de arte Antonio Vila Casas, y que la policía desalojó recientemente.

Pero aquí se hace todo a lo grande: tenemos un centro regional, Casa de Cádiz, convertido en casa ocupa para sin techo (local autogestionado, prefiere llamarlo su impulsor Lagarde Dacín) que se ha “arrebatado” a la ciudad mediante una oKupación. Dicen que, Antonio Gaudí caminaba absorto en sus cálculos con auténtica pinta de sin techo. Con un absoluto desprecio por el dinero y las apariencias, vivía en un rincón de la obra, vestido con ropas raídas y comiendo un mendrugo o una naranja. Así lo recordaron algunos y así lo describió el gran escritor Josep Pla en sus Homenots. No sé qué hubiera opinado el arquitecto de Reus de todo lo que sucede alrededor de su templo, inspirado en la caridad. Sabemos que a Gaudí le preocupaban los asuntos de los más menesterosos y cuidó de que los obreros del templo dispusieran de vivienda y escuelas para sus hijos. Una de ellas se ha conservado junto al imponente templo y es una delicia visitarla.

La casa ocupada de Dacín se ha integrado sin demasiada conflictividad en el barrio, aunque constituye un problema administrativo tanto para el Ayuntamiento de Barcelona como para el de Cádiz, presumiblemente propietario del local. Yo me había parado varias veces ante sus puertas de cristal tras las que veía, con pena, varios libros, fotos y estandartes gaditanos perder el color y arrugarse. De hecho, llamé a varias asociaciones y al propio Ayuntamiento de Cádiz para poner sobre aviso del deterioro del material. No pareció que le importarse a nadie un pimiento, así que lo dejé correr. Al poco tiempo, sucedió la ocupación. Y sucedió también otra pequeña historia que me volvió a llevar a las puertas del local. Para ser más exactos, a la puerta contigua. Me llamaba la atención lo que parecía ser la entrada de una vivienda a pie de calle. Puerta pintada de rojo con pegatinas y carteles de tarot en los cristales glaseados. Supe por Twitter, en la cuenta de Lagarder quien era el habitante de esa casa:

@lagarder81

Enric tiene 85 años y fue el gran dibujante de la editorial catalana, Bruguera. Tiene una pensión de 600€ y la gasta para pagar el alquiler. Lleva 50 años en el piso de Barcelona y una inmobiliaria sin escrúpulos lo quiere desahuciar. En @SenseSostreBCN le alimentamos y cuidamos.

 

Se trataba de Enrique Pons quien, durante 50 años, residió en los bajos del número 281 de la calle Sardenya y que se veía en riesgo serio de exclusión. Desde el cierre de la editorial, en la que llegó a hacerse un nombre, malvivía de su pensión y de unos trabajos de tarotista que explicaban el reclamo en la puerta. La aparición en las redes, y luego en los periódicos, le trajo una cierta popularidad que aprovechó para publicitar un cómic suyo, El hombre del traje pistacho, y vender algunos ejemplares en la Casa de Cádiz. Pero, porca miseria, la vida no le dio mucha cancha a Pons: cuando quise acercarme a comprar un ejemplar, recibí la mala noticia de su muerte.

 

Ya veis. Este no es país para viejos artistas. Pero, cada festivo, rodean las puertas de acceso al templo varios puestos de artesanos y pintores ambulantes que, de tanto en tanto, despliegan paletas y carboncillos para inmortalizar, por enésima vez, este icono de la ciudad. Algunas de las obras no lucen mal, pero, inevitablemente, casi todas se reducen a la misma temática para atraer a los turistas. Aun así, mucho mejor que un selfie, ya os lo digo. O si no que me imiten y fotografíen otros detalles artísticos que “ornamentan” mobiliario urbano, muros y semáforos: los grafitis alrededor de la Sagrada Familia, las pegatinas y los carteles…etc. Un mundo de aerosol, cola y color que tardaríamos meses en descifrar.

 

Atención: ¿peligro de derribo?

Algo que no necesito descifrar es la paradoja que se da ante tantas polémicas de ampliación y construcción cuando, en realidad, algunas amenazas que lo habrían borrado del callejero barcelonés han sobrevolado seriamente el edificio. Y no me refiero a los mencionados intentos de paralizar y hasta demoler las obras por una cuestión estético-urbanística sino a cuestiones de seguridad. Hace siete años, cuando me mudé al barrio, una de las alarmas vecinales se centraba en el peligro de hundimiento que representaban para el sagrado inmueble las obras del Metro y del intercambiador de la Estación del AVE en la Sagrera. Se especulaba con cada detalle, se encargaron informes y se organizaron protestas. Algunos vecinos denunciaron grietas en sus casas. Por otro lado, yo misma pude percibir, en el silencio de la noche, pequeños temblores provocado por el paso de los vagones de la línea 2. Algunas paradas se cerraron durante unos meses de verano, se procedió a modificar el suelo de las vías y, según he alcanzado a saber, se zanjó el asunto de la seguridad para las obras de la Sagrada Familia y para los edificios aledaños. Sea como sea, no puede decirse que la información al respecto haya sido abundantísima.

Hablando de seguridad, es sabido y notorio que la emblemática edificación es objetivo del terrorismo yihadista desde hace tiempo. Un tema del que se habla especialmente desde el atentado de las Ramblas de 2017. Entonces se instalaron unos feos bolardos y unos macetones de plástico aún más feos y varios furgones de la policía se apostan a diario en lugares estratégicos del entorno. En mi calle siempre hay uno o dos. Los agentes montan guardia varias horas al día, a veces matan el tiempo hablando entre ellos y, cuando aprieta el hambre, entran en la tienda de los gallegos donde les preparan unos ricos bocadillos. Les cuidan bien, entre otras cosas, porque desde su aparición en la calle han descendido el número de hurtos en las tiendas. En general, existe una sensación de mayor seguridad, aunque algún suceso hace pensar que se trata de un espejismo como cuando un grupo de jóvenes turistas accedieron al interior del templo sin ser detectados hasta muchos minutos después. Despistaron a los encargados de la seguridad de la Sagrada Familia sorteando, cual profesionales del jumping, las vallas de la obra. Como mostraron las cámaras, les fue fácil encaramarse al monumento; tanto como desaparecer a la estampida por uno de los pasajes que desembocan en la calle Mallorca.

Se cierra el círculo, pero todo pude volver a recomenzar

Desde que llegué al barrio hay en mi calle un local en alquiler, antigua pescadería, con el rótulo de Peixos Gaudí (Pescados Gaudí) que me hubiera encantado conocer en activo. Pero hace tiempo que “chapó” igual que el último local en bajar la persiana: una carnicería, obviamente, ahora reabierto para vender camisetas del Barça e imanes de nevera. Son tiendas que te dejan frío, incluso si eres turista: he visto aburrimiento en sus ojos. Pero, tal como me ha pasado a mí mima en mis primeros viajes al extranjero, también veo la determinación de no regresar con las manos vacías de “tipicidades”. Forman parte del ritual como quedar a cenar para enseñar las fotos o los interminables videos del viaje. También desaparecieron la tienda de decoración y una tienda de ropa masculina de calidad. Cerró la tienda de objetos de baño y la de marroquinería, bolsos y maletas de la que queda, como restos arqueológicos, una fachada de cerámica setentera y las letras LOSA en tipografía también pop. Pronto cerrará la zapatería de la esquina que está en Liquidación, aunque aún resiste la tienda de alpargatas, zapatos para pies delicados y zapatillas de andar por casa. A su lado, una tienda de aceites esenciales contrasta como un pequeño oasis desubicado. La tienda de sartenes, cuchillos y despertadores, El Tall, no se mueve ni un milímetro: entra poca gente y alguna, sospecho, son vecinos que lo hacen para dar conversación al vendedor. Sin embargo, la barbería Salomó, gracias al repunte de la moda hipster, parece decidida a seguir otros 80 años con el oficio de rapar barbas y cortar el cabello. Me alucina pensar que este establecimiento abrió sus puertas en la Barcelona de la Guerra Civil.

 

 

Todo, todo el comercio ha experimentado un cambio profundo. Muchos han desistido y han bajado sus persianas metálicas dando carpetazo a un modo de vida, a un tiempo. Los que han decidido continuar lo tienen claro. He hablado con muchos de ellos y, aunque por diferentes motivos, su determinación se afianza en un viejo axioma popular: si no puedes vencerlos, únete a ellos. Cada uno a su modo, lo que están haciendo los habitantes del barrio no es lo contrario de presentar batalla, pero casi. Es una forma de resistencia, de guerrilla urbana del “no nos moverán”. Personalmente, huyo de cualquier sentimentalismo, pero no puedo por menos que echar en falta un desarrollo más sensato, sosegado y sostenible en todos los “asuntos consuetudinarios que acontecen en la rue”, en mi rue. Si sustituimos la singularidad por una oferta de experiencias en serie, la gallina de los huevos de oro dejará de cacarear y palmará.

Como es sabido, el templo está plagado de símbolos religiosos, pero también criptomasónicos. Además de la arquitectura, la Sagrada Familia es fruto muchas otras disciplinas como las matemáticas, la botánica o la astronomía… Corren por Youtube muchos videos que pretenden demostrar que este edificio es un auténtico vórtice energético, una antena, quién sabe si un portal a otra dimensión. Innegable esas torres y grúas de metal actuando como captadores de la energía de miles de visitantes por fuerza debe crear un campo magnético que atraiga por igual átomos positivos y negativos. Os aseguro que ninguno neutro porque es casi imposible no reaccionar cuando se está delante de un templo tan famoso que ha sido visitado por Los Simpson. Conocida mundialmente, la mal llamada catedral de Barcelona es un espejo, un identificador de la ciudad y, como, tal la representa a lo largo y ancho de sus contradicciones.

Y, bien, volvemos a la esquina donde hemos empezado este ejercicio peripatético y circular. Aquí lo dejo, aquí lo dejamos, en la confianza de que si algún día visitáis mi barrio nos tomemos una copa en alguno de mis bares preferidos (si es que aún existe).

Pepi Bauló