El cómic como una de las bellas artes, por Pepo Pérez

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Hasta el próximo 13 de enero permanecerá expuesta en la sala de exposiciones del Rectorado de la UMA la muestra «Premio Nacional de Cómic | 10 años. 2007-2017«. Reúne las once obras que hasta la fecha fueron galardonadas con este premio otorgado por el Ministerio de Cultura que ha logrado, en una década, que cada vez se reconozca más el valor y la importancia del arte de la narrativa gráfica secuencial entre el resto de las artes tradicionales. Además de poder leer las obras premiadas, con cada una de ellas se hace un despliegue específico donde poder apreciar el proceso de creación desde el boceto, el entintado o el trabajo previo de documentación. Paco Roca, Max, Altarriba y Kim, Santiago Valenzuela, Alfonso Zapico, Santiago García y Javier Olivares, Rayco Pulido o Pablo Alaudell son algunos de los autores cuya obra se ve puesta ahora en valor en esta espléndida exposición comisariada por el dibujante, crítico e investigador del cómic y profesor de la UMA, Pepo Pérez. Él mismo, con su habitual precisión nos acerca a las claves de esta muestra única.

 

Premio Nacional de Cómic | 10 años. 2007-2017

El cómic como una de las bellas artes

Por Pepo Pérez

«Como en todos los géneros creativos, en el ámbito del cómic podemos encontrar productos de gran complejidad y relativamente minoritarios junto con otros de consumo más fácil y dirigidos a un público mucho más amplio. En el mundo del cómic convive la sencilla tira cómica de los diarios con obras maestras de fuerte contenido político y merecedoras de un premio Pulitzer, como el célebre Maus de Art Spiegelman. Pero estas diferencias nada tienen que ver con la calidad. Unos y otros forman parte de la cultura de nuestro tiempo, enriquecen nuestra sensibilidad y han creado un lenguaje universal comprensible en cualquier lugar del mundo. […]  Estoy convencida de que los poderes públicos tenemos la obligación de atender a todas las manifestaciones con espíritu abierto y sin prejuicios. Una actividad centenaria que interesa a millones de personas y que posee innegables cualidades culturales como es el cómic, no puede ser ignorada. Hablé del pasado, de la influencia en nuestras vidas de esos personajes dibujados y del talento de sus dibujantes: Cifré, Vázquez, Escobar, Francisco Ibáñez o Víctor Mora y otros más jóvenes como María Colino, Pere Joan, Max o Miguelanxo Prado. De lo que no cabe duda es de que la excepcional tradición de creadores no se ha roto en este país y de que en la actualidad existe una magnífica nómina de dibujantes, guionistas, editoriales y, sobre todo, un público inmenso que demanda esas obras».

Son palabras que recoge el Diario de sesiones del Congreso de los Diputados (nº 167, 2006), pronunciadas por la recordada Carme Chacón (1971-2017) cuando defendió en sesión del 4 de abril de 2006 una proposición no de ley para la instauración de un Premio Nacional del Cómic. Al año siguiente, el Ministerio de Cultura concedía el primero de ellos. No parece casualidad que se promoviera un premio así justo entonces. A mediados de la década pasada el cómic había cobrado nueva relevancia internacional, con una mayor presencia en medios generales y una notable inserción tanto en el circuito literario —a través de librerías generalistas y suplementos culturales— como en el sistema de artes visuales, con exposiciones en museos y galerías importantes. La novela gráfica, un nuevo cómic para adultos presentado a menudo en formato de libro de gran extensión, se convertía en un fenómeno cultural gracias a las ambiciones temáticas y la excelencia estética de numerosas obras publicadas en esos años, desde el Jimmy Corrigan (2000) de Chris Ware al Persépolis (2003) de Marjane Satrapi o el Fun Home (2006) de Alison Bechdel. En el cine, con su vistoso escaparate, se estrenaba una adaptación de cómic tras otra, de Ghost World (2001) y American Splendor (2003) a Sin City (2005) o V de Vendetta (2006).

En nuestro país, la instauración del Premio Nacional del Cómic supuso un giro decisivo en ese reconocimiento, al equiparar a esta disciplina artística con otras actividades culturales objeto de Premios Nacionales (artes plásticas, fotografía, letras españolas, cinematografía, teatro, etc.). La institución ratificaba así los cambios que trajeron las últimas décadas del siglo XX a la jerarquía de las Bellas artes y a la vieja distinción de la alta modernidad frente a la «seudocultura» industrial, despreciada por críticos «apocalípticos» como Clement Greenberg y compañía. Desde los años sesenta, los ensayos «integradores» sobre cultura de masas de Umberto Eco y otros habían apuntado en la dirección actual. Hoy asumimos que el rechazo al arte comercial, los cómics o la literatura popular tiene menos que ver con su nivel de excelencia estética o importancia cultural que —como demostró Bourdieu— con cuestiones socieconómicas de clase en la formación del gusto. La erosión de la antigua frontera alta cultura / cultura comercial fue detectada precisamente por Fredric Jameson como uno de los síntomas fundamentales de la posmodernidad en las artes. Hace décadas que los artistas visuales incorporan con naturalidad en sus obras formas de la antaño «baja» cultura, y no pocas zonas de esta última han adoptado estrategias de la alta. El cómic es una de ellas.

No se puede subestimar el capital simbólico que el Premio Nacional del Cómic ha añadido a esta disciplina artística. El galardón, como se define en las convocatorias oficiales, pretende «distinguir la obra de autores españoles, escrita en cualquiera de las lenguas españolas, que según el juicio de especialistas de probada competencia ha resultado sobresaliente dentro de la creación del cómic». La difusión y legitimación cultural que ha aportado ha sido destacada por editores y libreros, con un impacto innegable en esta industria cultural, así como por la crítica y los autores, estimulados en su creación gracias al reconocimiento que supone recibirlo. En 2017 se han cumplido, pues, diez años de este Premio Nacional. Con esta ocasión, el Vicerrectorado de Cultura y Deporte de la Universidad de Málaga, la Fundación General de la Universidad de Málaga —que en 2017 año celebra su vigésimo aniversario— y el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte han querido rendir homenaje al noveno arte en nuestro país con esta exposición colectiva que he tenido el honor de comisariar.

La exposición Premio Nacional de Cómic | 10 años. 2007-2017 muestra el proceso creativo de todas las obras ganadoras del Premio Nacional del Cómic durante los primeros diez años de su existencia, e incluye más de doscientos dibujos, bocetos, guiones y otros documentos de dicho proceso. La muestra cuenta, por tanto, con la participación de todos los autores y obras galardonadas con el Premio Nacional de Cómic desde su creación: 2007, Francesc Capdevila alias Max (Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el Superrealista); 2008, Paco Roca (Arrugas); 2009, Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí (Las serpientes ciegas); 2010, Antonio Altarriba y Kim (El arte de volar); 2011, Santiago Valenzuela (Las aventuras del Capitán Torrezno. Plaza Elíptica); 2012, Alfonso Zapico (Dublinés); 2013, Miguelanxo Prado (Ardalén); 2014, Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido (Blacksad: Amarillo); 2015, Santiago García y Javier Olivares (Las Meninas); 2016, Pablo Auladell (El paraíso perdido de John Milton); 2017, Rayco Pulido (Lamia).

La muestra también permite leer in situ cada uno de los cómics premiados, que son, en tanto libros concebidos para su reproducción técnica, la obra artística final. Para ello se han dispuesto once sillas, una por cada obra, diseñadas expresamente para la exposición por Juan Santos Jiménez. El diseño circular de las sillas rima con el resto del planteamiento expositivo, a cargo de Carlos Miranda Mas, artista plástico y profesor en la Facultad de Bellas Artes de Málaga, y de quien suscribe. El cartel y banderola es obra de la artista visual y diseñadora Erika Pardo Skoug. También, con motivo de la exposición, se ha editado un extenso libro-catálogo que incluye once entrevistas realizadas por el crítico e historiador del cómic Gerardo Vilches y otros textos (diseño gráfico de la artista visual Hadaly Villasclaras, fotografías de las obras del artista visual Javier Artero). Asimismo, se han organizado varios eventos con la participación de artistas que menciono al final de este texto.

 

La sonrisa superrealista

En su primera edición, 2007, el Premio Nacional del Cómic recayó en Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el Superrealista (Ediciones La Cúpula, 2006), una obra «bisagra» entre el cómic de finales del siglo XX y la novela gráfica del siglo XXI. Su autor, Max (Francesc Capdevila, Barcelona, 1956), contaba con una larga trayectoria desde el comix underground de los 70 y sus personajes en la revista El Víbora (Gustavo, Peter Pank), durante el efímero «boom» del cómic adulto de los ochenta, a sucesivas etapas de reinvención artística. A finales de los noventa, en una industria española muy menguada, Max publicaba historietas breves con un personaje creado bajo el influjo de Chris Ware. Bardín el Superrealista era una «cifra» sin auténtica psicología —un recurso del tebeo popular, casi un personaje de Bruguera— que le permitía explorar sus temas predilectos en diferentes formatos y medios: tebeos autoeditados, la revista de vanguardia NSML (1995-2007, fundada por Max y Pere Joan), la prensa nacional o animaciones televisivas. En un universo «superreal» creado por un dibujante que eligió su seudónimo en honor a Max Ernst, el autor aborda temas serios con humor, elemento primordial para alcanzar la iluminación según este Max maduro, y una depurada síntesis gráfica, heredera tanto de la línea clara francobelga como de los tebeos españoles de Bruguera. Las historietas de Bardín son a menudo ensayos dibujados, especulaciones humorísticas que enlazan los referentes surrealistas (Buñuel, Dalí, Cirlot) con el psicoanálisis de Jung o la morbidez prerromántica de La pesadilla (1781) de Füssli, un cuadro citado en clave cómica. Hacia 2006 emergía una nueva industria del cómic español —el circuito de librerías generalistas se abría para acoger a la novela gráfica— y Max recopiló buena parte de ese material disperso junto a alguna historieta inédita. Bardín el Superralista, el libro, representa otro rasgo peculiar de la novela gráfica, término tan convencional como inexacto: está compuesta de historias cortas, no es una «novela» ni falta que le hace.

 

El anciano que no recordaba su nombre

El Premio Nacional del Cómic 2008 había tenido una trayectoria fulgurante previa que sorprendió incluso a su autor, Paco Roca (Valencia, 1969). Arrugas (Astiberri Ediciones, 2007) llegó justo a tiempo para convertirse en el fenómeno que necesitaba la emergente industria de la novela gráfica española. Sus 20.000 ejemplares vendidos rápidamente (más de 66.000 hoy en España, ediciones internacionales aparte) dejaban claro que no era un cómic ordinario. En retrospectiva, puede entenderse mejor su impacto. Su tema principal, la senectud y las enfermedades asociadas a ella —el protagonista es un anciano aquejado de Alzheimer que ingresa en una residencia—, ya era de por sí un asunto poco tratado en la ficción. Que se abordara en cómic, un medio que muchos aún asociaban a las aventuras infantiles, sorprendió a los lectores. Los principales méritos de Arrugas acaso tienen que ver con su engañosa apariencia «blanda», que se nutre tanto del tebeo popular español (la Escuela Bruguera) como de los modos de representación del cómic europeo (la línea clara francobelga) y estadounidense (el canon de Milton Caniff, de Alex Toth a David Mazzucchelli) o del cine animado de Hayao Miyazaki. Sus formas «amables», con apuntes humorísticos, le permiten tocar asuntos duros, como sabe cualquiera que haya visitado una residencia de ancianos. Paco Roca también lo hizo para documentarse, pertrechado de un cuaderno que puede verse en esta exposición, donde anotó observaciones sobre la residencia que luego escenificaría en Arrugas. Las preocupaciones básicas de los ancianos, relacionadas con las necesidades fisiológicas y la decadencia del cuerpo; el recuerdo constante de su vida «útil», cuando trabajaban; el amor y el sexo en la senectud; la importancia de las fantasías como sostén de la realidad. La vida es sueño, sí. La memoria es el otro tema principal, como lo ha sido desde entonces en toda la obra de Roca: sin memoria no hay identidad, individual o colectiva, y Emilio, el inolvidable protagonista de Arrugas, está perdiendo la suya.

 

La forja de un rebelde

El Premio Nacional del Cómic 2009 recayó en Las serpientes ciegas (BD Banda, 2008). Su guionista, Felipe Hernández Cava (Madrid, 1953), es uno de los pioneros del cómic adulto español ya desde su trabajo en los setenta con el colectivo El Cubri. No era la primera vez que Cava abordaba la memoria de la Guerra Civil española, aquí recreada mediante los códigos de la ficción de género negro. De ellos aprovecha ciertos recursos para articular la historia: la búsqueda detectivesca típica del hard boiled, el héroe «dudoso» y el narrador falso, el horror narrado en primera persona —hay un uso abundante del monólogo interior—, los personajes sociópatas propios de la novela más negra y algún elemento fantástico ambivalente. El escenario histórico es el enfrentamiento a finales de los 30 entre sistemas políticos (fascismo/comunismo) en el «ensayo» de la II Guerra Mundial que fue la Guerra Civil española; los actores principales, brigadistas internacionales que combaten en el frente catalán, terminarán escenificando el fracaso de las utopías colectivistas. El retrato de comunistas y anarquistas es desolador: cruentas luchas internas, ingenuos idealistas desnortados, personajes indeseables y algún psicópata que encuentra en la ideología revolucionaria la excusa para imponerse a los demás y, en la guerra, matar a placer. El dibujante Bartolomé Seguí (Palma de Mallorca, 1962), otro veterano de las viñetas, se alía con Cava en la primera de una serie de colaboraciones y saca el máximo partido a su estilo caricaturesco para infundir vida a personajes y ambientes; su excelente trabajo de documentación visual está al nivel de la investigación histórica del guionista. El libro adopta el diseño propio del álbum francobelga, una tradición donde Seguí se mueve cómodamente aunque rehuya la tersura de la línea clara tintinesca para adoptar un trazo rugoso y sombrío —dibuja con grafito manual y color digital—, en sintonía con el tono de la historia y la estética de la nouvelle bande dessinée de los primeros 2000.

Alas rotas

A mediados de los 2000 se impulsaron iniciativas de memoria histórica sobre la Guerra Civil y la represión franquista, aunque el Premio Nacional del Cómic 2010, El arte de volar (Edicions de Ponent, 2009), se concibió antes y por razones íntimas. Esta novela gráfica de éxito internacional ejemplifica lo que Marianne Hirsch ha denominado «postmemoria», un espacio «para el recuerdo intersubjetivo y transgeneracional, vinculado específicamente al trauma cultural o colectivo», definido «a través de una identificación con la víctima o el testigo del trauma, modulada por la distancia insalvable que separa al participante del que nació después». Como su antecedente en el cómic español, Un largo silencio (1997), de Francisco Gallardo y Miguel Gallardo, El arte de volar está basada en la memoria oral y escrita del padre de los autores. La obra combina testimonio, memoria histórica y autoficción en un intenso relato sobre la quiebra de los ideales libertarios de la II República. Narra la vida de Antonio Altarriba Lope (1910-2001), un campesino humilde que abrazó el anarquismo y combatió en el frente republicano; tras la guerra, llevó una vida truncada por el exilio francés y el humillante retorno a la España franquista. En su senectud, tras padecer largas depresiones, se suicidó en 2001 en un asilo de ancianos como el que retrata Arrugas. El arte de volar es una memoria familiar en la que el hijo, el guionista Antonio Altarriba (Zaragoza, 1952), teórico sobre cómic y autor desde los 80, suplanta literalmente la voz del padre desde el texto, en monólogo interior. Kim (Joaquim Aubert, Barcelona, 1941), conocido por su serie satírica Martínez el Facha (1977-2015), dibuja con una expresiva caricatura realista que hunde sus raíces en el comix underground de los 70 y el tebeo popular de posguerra. Altarriba amplió su memoria familiar en El ala rota (2016, de nuevo dibujada por Kim), una biografía de su madre, Petra Ordónez (1918-1998), que cubre casi todo el siglo XX español.

 

El hacedor de (micro)mundos

El Premio Nacional del Cómic 2011 podría resumirse en el cubo de fregona gigantesco convertido en ciudad «inexpugnable» que aparece en Las aventuras del Capitán Torrezno. Plaza Elíptica (Edicions de Ponent, 2010). Su autor, Santiago Valenzuela (San Sebastián, 1971), se dio a conocer en 2002 con el primer álbum de la saga, un cómic sobre un funcionario que construía en un sótano un «Micromundo» habitado por hombrecillos que venían a reflejarnos como humanidad. En él desplegó lentamente una epopeya «mostrenca» entre la fantasía heroica y el absurdismo costumbrista. Siete tomos después, lo que empezó como parodia del Génesis se había expandido con cientos de páginas y diferentes registros tonales y temáticos: revisitaciones del mito del demiurgo que alternan el marco de la narración (mundo «real» del funcionario / Micromundo de sus «homúnculos» / mitología religiosa de este último), peroratas irónicas de corte gnóstico-metafísico y continuas resonancias bíblicas. Valenzuela añade un humor socarrón de apuntes castizos que entronca con la tradición de la novela picaresca y la literatura satírica moderna, aquí encarnada por ese enternecedor Pepe Gotera de «bareto» madrileño que es el Capitán Torrezno, héroe involuntario atrapado en una maqueta chapucera del mundo. Podríamos citar a Cervantes, Swift o Borges, al Miyazaki de Nausicaä del Valle del Viento o a historietistas franceses como Fred y Moebius, pero la visión de Valenzuela es tan idiosincrática que no admite comparaciones. En Plaza Elíptica, la cosmogonía «torrezna» sigue avanzando hacia un punto de fuga de horizontes alegóricos, trasuntos de nuestra propia Historia como humanidad, que permiten al autor parodiar las estructuras del poder político y religioso en una épica desmitificadora dibujada con una caricatura apropiadamente orgánica. «El mundo, según enseña la Gnosis, es cúbico», se dice en la primera página. Tal vez como los «cubos» delimitados por los marcos de viñetas donde habitan estos sosias de la humanidad a los que el demiurgo Valenzuela ha dado vida para nosotros, los lectores. Un sueño dentro del sueño.

 

Tras los pasos de Joyce

La realidad ha sido el tema por excelencia de la novela gráfica, el cómic para adultos del siglo XXI, ya sea en forma de biografía, historia, testimonio o reportaje, y en estas obras galardonadas hay bastantes ejemplos. Es el caso del Premio Nacional del Cómic 2012, Dublinés (Astiberri Ediciones, 2011). Su autor, el asturiano Alfonso Zapico (Blimea, 1981), es sumamente consciente, como todos los dibujantes que le precedieron en el galardón, del poder de la caricatura. Al fin y al cabo el cómic moderno surgió a partir de ella, en el XIX, el «siglo de la caricatura» y las publicaciones satíricas ilustradas. Provisto de tinta, aguada y la capacidad de evocación del lenguaje simbólico caricaturesco, Zapico acomete con trazo ágil una biografía de James Joyce que consigue un convincente retrato psicológico del escritor dublinés y de su época, la convulsa Europa de la primera mitad del siglo XX. Por ella desfila también la generación de literatura modernista a la que perteneció, con apariciones de Ezra Pound y otros literatos. Zapico presta atención al detalle revelador sobre la personalidad de Joyce —su nomadismo por Europa, su tendencia a la vida disoluta, sus graves dolencias de vista—, pero no es lo único que capta su atención. Le interesa particularmente el retrato de mujeres como Nora Barnacle, la esposa del escritor, Sylvia Beach, la editora de Ulysses y propietaria de la mítica librería parisina Shakespeare & Company, o Harriet Shaw Weaver, su principal mecenas, una activista sufragista que le permite aludir a otro de los movimientos que cambiaban la sociedad de entonces, el feminismo; la mirada epocal se pone de manifiesto asimismo a través de los problemas que tuvo Joyce con la censura. La intensidad del trabajo de investigación de Zapico le llevó a viajar a las ciudades donde vivió Joyce, como relata en primera persona en La ruta Joyce (2011), un cuaderno de viajes que documenta el proceso creativo de Dublinés.

 

Los colores de la memoria

Como Paco Roca en Arrugas, Miguelanxo Prado viene a decirnos en Ardalén (Norma Editorial, 2012), a su manera y estilo, que somos lo que recordamos. En esta novela gráfica, Premio Nacional del Cómic 2013, una mujer divorciada de mediana edad inicia la búsqueda de su identidad investigando la vida de un abuelo ausente que emigró a Cuba para no volver. La pista, unas cartas antiguas, le llevan al pueblo gallego donde vive el anciano Fidel, que podría ser (o no) amigo del abuelo perdido. El problema es que los recuerdos de este último son frágiles y desordenados, y confunde sus vivencias con abundantes ensoñaciones. El cómic plantea otro tema derivado, el precio de recordar y la posibilidad del olvido como remedio balsámico, porque la memoria puede traer viejos rencores. «Recordar no es inocuo. Pero quien no recuerda, no vive», dice otro texto. El libro, denso y de ritmo pausado, incorpora abundantes insertos fuera del marco narrativo para incluir «documentos» (ficticios en realidad, elaborados por el autor) relacionados con la historia: informes oficiales, reportajes, extractos de enciclopedia. Miguelanxo Prado (La Coruña, 1958), veterano de las viñetas consagrado nacionalmente en los ochenta e internacionalmente en los primeros noventa —su obra ha tenido una importante repercusión, en España y en países como Francia y otros—, retoma temas y tonos recurrentes en trabajos previos, en particular de su película de animación De profundis (2007). Ardalén, que supuso precisamente su retorno a las viñetas después del largo proceso de realización del mencionado filme, retoma su gusto por el paisaje rural de Galicia y un universo mítico asociado tanto al océano Atlántico como al realismo mágico. Prado representa ese universo marino/rural con una rica paleta cromática que aplica con acrílicos y lápices de color sobre papel tintado, en páginas concebidas para su reproducción directa, previo paso por el ordenador para colocar bocadillos y textos.

Un noir amarillo

«Pareces idiota. Leyendo cómics a tu edad…», dice un personaje en Blacksad: Amarillo (Norma Editorial, 2013). El Premio Nacional del Cómic 2014 es la quinta entrega de una serie iniciada en 2000 y concebida por Juan Díaz Canales (Madrid, 1972) y Juanjo Guarnido (Granada, 1967) para el mercado francés, al que pronto trascendió para alcanzar un amplio éxito internacional. Como los álbumes previos, Blacksad: Amarillo aúna géneros aparentemente contradictorios: el cine noir con la fantasía Disney de animales antropomórficos, que Guarnido representa con unos cuantos grados más de «realismo». La serie está ambientada en la América cercana al apogeo de esos géneros, la de los años cincuenta, y explota elementos pintorescos del imaginario popular del siglo XX: aquí el mundo del circo, además de moteros y beatniks de la cultura juvenil «rebelde» de aquella década. La saga Blacksad aprovecha la larga tradición de funny animals de la animación y el cómic para tratar motivos y ambientes de dicha época, con alusiones a conflictos sociales como el racismo. Díaz Canales firma un guión lleno de guiños, gags y gestos amables, accesibles también al lector juvenil, que permite a Guarnido un gran despliegue visual en la tradición de la industria del cómic francobelga, ejecutado con acuarelas cuidadosamente entonadas que generan atmósferas según el tono de cada escena, una técnica que aprendió en la animación. Este Premio Nacional podría verse, y así lo entienden los autores, como un reconocimiento al cómic comercial, la principal tradición del medio durante el siglo XX. Una industria cultural de masas desdeñada durante décadas desde la atalaya de la alta modernidad a pesar de (o debido a) su  enorme popularidad, antes de que nuevos medios —televisión, videojuegos, internet, dispositivos digitales móviles— empezaran a «matar» su estrella como entretenimiento de masas. Porque si de adulto seguías leyendo cómics solo podías ser, precisamente, «idiota». Una idea muy generalizada en la época en que se ambienta Blacksad: Amarillo.

 

Dentro del cuadro

Los madrileños Santiago García (1968) y Javier Olivares (1964) ya habían colaborado antes de Las meninas (Astiberri Ediciones, 2014), Premio Nacional del Cómic 2015, en una serie de historietas breves sobre la Historia del arte que les preparó para abordar una obra de la ambición y calado de esta. Las meninas no es tanto una biografía de Velázquez como una historia cultural de su cuadro más famoso, su proceso creativo y su influencia a través de los siglos, recreado a través de artistas que lo versionaron y usaron como vara de medir para crear su propia obra maestra —Goya, Picasso, Dalí, Buero Vallejo, Equipo Crónica— y de intelectuales que reflexionaron a partir de él. Foucault, que entendió el cuadro como una estructura de conocimiento que invitaba al espectador a participar en una representación autónoma que funciona por sí misma, también aparece en estas viñetas. «Pues claro que no es auténtico, señor. Es un espejo», dice Buero Vallejo en otra escena tras leer una crítica a su obra de teatro Las meninas (1960) por su «radical y palmaria inautenticidad». La alegoría barroca del espejo es una clave creativa para García y Olivares, que arman sus Meninas con una estructura narrativa fragmentaria y politonal (hay drama, comedia, farsa y tragedia) que no pretende esconder el artificio formal sino, al contrario, apoyarse en el «encanto del doble». Mediante sucesivas «historietas cortas» de estilo narrativo cambiante consiguen tematizar de manera leve y visual asuntos densos: representación, mímesis y «verdad», la idiosincrasia española, la Historia como relato construido desde cada presente. La intensa documentación previa, que evita el exhibicionismo erudito, propone lecturas especulativas sobre la vida de Velázquez y el impacto cultural de sus Meninas, navegando entre la narrativa, el ensayo, la historia y la mitología. Las alusiones al significado cambiante de Las meninas y al «nombre de las cosas» según la mirada de cada época añaden a este cómic, tan enigmático como el inmortal cuadro que le da título, una dimensión de obra abierta en el pleno sentido del término.

 

Non serviam

El Premio Nacional del Cómic 2016, El Paraíso perdido de John Milton (Sexto Piso, 2015), surgió como un encargo editorial para adaptar en viñetas el poema épico Paradise Lost (1667). El encargo sorprendió a Pablo Auladell (Alicante, 1972), reputado ilustrador con cómics previos, alguno en colaboración con el guionista Hernández Cava. La tarea de ilustrar ese Milton canónico ya había sido acometida en el pasado nada menos que por William Blake, Füssli o Doré, pero Auladell aceptó el proyecto, alentado por la belleza del texto. El proyecto se extendería durante cinco años por diversos avatares editoriales.

La pesadilla del creador es la rebelión de su criatura. El tema puede rastrearse hasta el Génesis bíblico y su lógica, en clave materialista, es la del esclavo que se rebela contra su amo. También estaba en el repertorio temático de la tradición gótica y romántica posterior a Frankenstein, cuya criatura fue modelada bajo la inspiración del Satán de Paradise Lost. No en vano Mary Shelley iniciaba Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) con una cita del poema épico de Milton, cuyo Satán personificaba para los románticos la rebelión contra la autoridad de Dios, la proclamación del libre albedrío y el non serviam. «Vale más reinar en el infierno que servir en el cielo». Auladell representa esa negación con un dibujo de carboncillo muy plástico que muta reflejando los años (la vida) que empleó en terminar el libro. Queda una impronta de la intensidad del proceso en el resultado, una adaptación respetuosa con el texto de Milton que introduce variantes solo por aplicar el lenguaje del cómic. No se trata únicamente de traducir al dibujo mitos como Adán, Eva o los ángeles, leales y caídos (memorable su diseño cambiante para Satán), sino de emplear los ritmos y pausas que permite la secuencia simultánea de imágenes en la página de cómic. El método de trabajo de Auladell, alla prima, sin bocetos previos, añade una inmediatez que ensucia la gravedad clásica de sus figuras.

 

Laia contra Goliath

El Premio Nacional del Cómic 2017, Lamia (Astiberri Ediciones, 2016), de Rayco Pulido, se publicó el mismo año que El ala rota de Altarriba y Kim, un homenaje a la madre concebido tras la llamada de atención de algunas lectoras por su escasa presencia en la historia familiar de El arte de volar. No parece coincidencia y sí giro cultural sobre la mujer en nuestra sociedad. Como El ala rota, Lamia habla del papel subordinado e «invisible» que una sociedad tradicional, no digamos autocrática, reserva a la mujer, en ambas obras la España franquista. A diferencia de El ala rota, una memoria familiar de tratamiento realista, Lamia aborda el tema desde la ficción de género —un spanish noir de la estirpe de Jim Thompson— y la reivindicación del artificio formal.

Laia es una huérfana de 32 años que lucha por salir adelante en la Barcelona de 1943 mientras «un asesino anda suelto». Tal como «se espera de ella», ha conseguido «marido» y «quedarse embarazada» mientras en la radio suena un trasunto de El consultario de Elena Francis. El retrato de la España de posguerra es simbólico y teatral, en clave de farsa, pero justo por eso consigue resumir aquel país que sirve de contraste con el presente. Rayco Pulido (Telde, Gran Canaria, 1978) venía de adaptar a Galdós en Nela (2013), un cómic que ya albergaba la semilla de Lamia. Su dibujo, una expresiva caricatura geométrica en potente blanco y negro, parece un imposible cruce entre Chester Gould y Frank Miller, muy informado además de las últimas tendencias en el cómic de vanguardia. Si Lamia funciona como el reloj de su portada se debe tanto a las situaciones y personajes excéntricos como al hecho de no subrayar los temas de fondo, las cuestiones de género sobre el rol social de la mujer. Lamia es lacónica hasta el punto de no aludir en ninguna de sus viñetas al significado de su mitológico título.

 

Un arte del siglo XXI

Como decía al comienzo, el Premio Nacional de Cómic ha contribuido en gran medida a consolidar el cambio de percepción social hacia esta forma artística, apuntado hace ya diez años. Un nuevo cómic de nuestro presente cuya tradición se remonta al menos hasta las estampas y publicaciones satíricas de los siglos XVIII y XIX, prosigue por las tiras de prensa, tebeos, cuadernillos populares y álbumes del siglo pasado y llega a la novela gráfica para adultos del siglo XXI, cada vez más diversificada en temas y formatos. El cómic hoy ya no es una de las antaño denominadas «artes menores» sino un arte «legítimo» y legitimado por su propio Premio Nacional. En su discurso de 2006 en el Congreso para defender la instauración del galardón, Carme Chacón dijo: «El establecimiento de un premio de carácter estatal para reconocer la excelencia en este mundo del cómic no debe ser una iniciativa aislada, sino que ha de integrarse en una serie de actuaciones en defensa de esta actividad creativa e industrial». Sirva, pues, esta exposición como una de esas actuaciones para contribuir, en la medida de lo posible, al despliegue del cómic contemporáneo como un arte del siglo XXI.

Pepo Pérez

Comisario de la exposición, dibujante y profesor de la Universidad de Málaga

 

Premio Nacional de Cómic | 10 años. 2007-2017

14 diciembre 2017 – 13 enero 2018

Sala de Exposiciones del Rectorado de la Universidad de Málaga, Av. de Cervantes, 2, Málaga

Horario: de lunes a sábado (excepto festivos), de 10:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00

Visitas guiadas gratuitas: lunes y miércoles de 18:00 a 19:00 h.

 

Calendario de eventos:

  • Jueves 14 diciembre 2017 19:00 h. | Mesa redonda: Creando Premios Nacionales del Cómic. Encuentro con Javier Olivares y Santiago Valenzuela. Sala de Juntas del Rectorado de la Universidad de Málaga.
  • Jueves 21 enero 2017 19:00 h. | Mesa redonda: Escribiendo y dibujando Premios Nacionales del Cómic. Encuentro con Antonio Altarriba y Kim. Sala de Juntas del Rectorado de la Universidad de Málaga.
  • Jueves 11 enero 2018 19:00 h. | Mesa redonda: Dibujando Premios Nacionales del Cómic. Encuentro con Paco Roca y Max. Salón de Actos del Rectorado de la Universidad de Málaga.