Un bosque para Stefano Mancuso, por Aina S. Erice

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Entrevistar a una eminencia en el campo de la neurobiología vegetal como Stefano Mancuso no es algo que me suceda todos los días, más o menos hacia la hora del té.

En su biografía leo que no sólo es profesor en la Universidad de Florencia y fundador-director del LINV (Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal), sino que periódicos y revistas lo han declarado un “world changer”: alguien que cambiará el mundo con sus ideas sobre la inteligencia vegetal y las lecciones que pueden enseñarnos las plantas. Y, por si todo esto no fuese suficiente, encuentra tiempo para escribir libros de divulgación (el último, titulado El futuro es vegetal), acaba de salir al mercado), y últimamente se pasea por Italia con un cuarteto de músicos, como narrador científico de Botanica: un espectáculo musical y audiovisual sobre el maravilloso mundo de las plantas. Y si no os convencéis podéis escucharlo en esta charla que ofreció en el Congreso Internacional Futuro 2017 celebrado en Chile en enero pasado:

…Qué decir: así, sobre el papel, impresiona un poco.

Pero cuando te pones a hablar con él resulta que es un tipo majísimo, y que pronto estará en La Térmica como invitado del ciclo Aula Savia. Y parece que allí podré seguir conversando en directo con él, donde me encantará retomar nuestra conversación sobre fitoinspiración, libros, sus líneas de investigación actuales, y mucho más. En su último libro él dice que El futuro es vegetal. Y yo no sólo estoy de acuerdo sino que dedico todo mi presente a estudiar y escribir sobre el reino vegetal.

Por el momento, sin embargo, mucho me temo que lo que voy a contaros sobre la charla que compartí con él hace unos meses no os sentará nada bien, porque…

…Ay, queridos amigos, siento deciros que, si por un milagro me toca la lotería, no podré regalaros nada.

Pero no porque sea una rácana o porque no os aprecie, sino porque ya se la he prometido a Stefano Mancuso -sí ya sabéis: el neurobiólogo vegetal más famoso de nuestro tiempo- para comprarle un bosque.

(Aunque, de hecho, el dinero se gastaría sobre todo en los artilugios necesarios para penetrar en los enigmas que respiran en la foresta, que cuestan un riñón y medio.)

Veo algún ceño fruncido, algún gesto de protesta entre vosotros… lo comprendo. Renunciar a los pingües beneficios que podríais obtener de mí por amiguismo es un sacrificio que clama a gritos una buena razón. Al fin y al cabo, en el colegio no nos explicaron que “estudiar un bosque” fuese un pasatiempo importante, ni siquiera muy interesante. Así que no hablemos de comprárselo a un desconocido para que lo estudie él mismo.

Pero por eso os pido que, antes de retirarme el saludo y borrarme de la lista de contactos, me permitáis explicaros el porqué de mi decisión, tomada tras mi conversación con Mancuso…

Conviene que, para empezar, seamos conscientes de que nuestra vida a nivel material depende totalmente de los vegetales: nos los comemos, los empleamos para construir, para vestirnos, para curar mil y una enfermedades, como combustible… Y, sin embargo, como bien explica Mancuso, son tan distintos a nosotros, que nuestra comprensión de su modo de vivir es muy, muy limitada.

Conocemos a los vegetales a nivel superficial: en el sentido literal del término: sabemos (más o menos) lo que sucede por encima de la superficie, pero “tenemos grandes dificultades para seguir los comportamientos de las raíces bajo tierra”, en palabras del investigador. La tecnología aún no ha desarrollado soluciones capaces de desvelarnos las mareas y las corrientes de información que fluyen en la oscuridad del suelo, transitando los senderos hechos de raíces y micorrizas.

Entender qué está pasando en las profundidades del suelo forestal no sólo puede tener consecuencias prácticas inmediatas en nuestra gestión del bosque (pienso en la lacra de los incendios que asolan nuestras tierras); podría servir, por ejemplo, para entender mejor cómo ha surgido y evolucionado un fenómeno tan importante como el altruismo en las plantas. “Un bosque se comporta como un único ser vivo,” pues quienes viven en él “se intercambian información, materiales…”.

Si Stefano Mancuso tiene razón y nos conviene aprender de las plantas para inspirar nuevas formas de organización social descentralizada, resiliente a los ataques, adaptable, versátil… si tiene razón (y yo creo que la tiene), recordemos que el bosque es la comunidad vegetal por excelencia.

Me diréis que para algo tiene un laboratorio internacional, el LINV; que no necesita que le regale un bosque para estudiar qué sucede bajo tierra. ¡Pero tened en cuenta que el contexto es fundamental! “Toma por ejemplo un animal, un lobo. Te lo llevas al laboratorio para estudiarlo (…) pero no sabrás nada de lo que es realmente un lobo hasta que no lo hayas seguido en su ambiente natural”.

Eso no significa que no puedan descubrirse fenómenos sorprendentes en el laboratorio, ojo. Uno de los que más han asombrado a Mancuso últimamente es la capacidad de las raíces para resolver laberintos. Sí, como lo oís: en lugar de colocar a la clásica rata de laboratorio en un dédalo y cronometrar cuánto tiempo tarda en encontrar el queso (o la salida), colocan una raíz… “Cada vez que lo probamos, nos quedamos atónitos (…) Lo resuelven sin equivocarse, de forma impecable. No lo hubiese dicho nunca”. Y eso que Stefano Mancuso es una de las personas más curtidas en cuestiones de “maravillas vegetales” en el mundo. Ha visto, investigado y leído mucho de ellas. Las ama, claro está. Eso que compartimos. Pero no es una amor cualquiera, no. Me aclaró que el de las plantas es “un amor adulto, que es difícil que surja de forma instintiva. Los niños no pueden enamorarse de las plantas porque son demasiado distintas a nosotros; les gustan los animales, que entendemos con más facilidad. De hecho mi interés por las plantas era casi nulo hasta que inicié la universidad pero fue más tarde, durante el doctorado, cuando empecé a mirarlas de forma distinta. Me di cuenta de que la idea de planta que tenía y que me habían enseñado era falsa: se trataba de seres muy distintos, complejos, sofisticados, que han inventado soluciones para casi todos nuestros problemas, y entonces saltó la chispa, la pasión, el amor”.

Todo esto me lo contó y yo lo publiqué hace poco en otra entrevista, para la revista Mercurio, que os invito también que leáis para haceros una idea más completa de a quién le voy a comprar un bosque. Pero volvamos a nuestro bosque y a nuestro laberinto… Mancuso tiene razón: es poco probable que, en el raro caso de encontraros perdidos en un laberinto, una raíz pueda ayudaros a salir de él (al menos, en tiempos razonables). Considerad, en cambio, otro aspecto importante que ocupa al equipo de Mancuso desde hace uno o dos años, y que —estoy segura de que no me lo negaréis— es tan importante, como sorprendente: “la capacidad de manipular a los animales a través de sustancias químicas —es decir, drogas”.

En el laboratorio del LINV han estado comprobando que muchas, muchísimas plantas son capaces de manipular a los animales cuando requieren sus servicios para algún cometido particular, ya sea polinizar sus flores, diseminar sus semillas, o defenderla de ataques varios. Y, sobre todo, han estado analizando las relaciones entre plantas y hormigas, “sus compañeros más frecuentes y manipulables”. Ay, pobres hormigas, presa fácil de plantas jedi.

Ahora, imaginad un bosque, donde no sólo tenemos hormigas, sino varios cientos de insectos distintos, reptiles (muchas lagartijas no sólo se zampan mosquitos, sino que también terminan alistadas entre las filas de colaboradores vegetófilos…), aves, mamíferos…

Imaginad un bosque donde las plantas y los hongos están intercambiando informaciones a cada segundo que pasa, mensajes que viajan por fibra no óptica sino biológica. Un mundo de complicadas fusiones y negociaciones de colaboración íntima (“¿te dejo entrar en mis raíces como aliado, arriesgándome a que seas un enemigo disfrazado?”), de altruismo y de competición. Una red de redes en constante evolución, increíblemente compleja, diversa y sofisticada.

Desentrañar los misterios de un mundo tan fascinante bien se merece mis hipotéticas ganancias a la lotería, ¿o no?

Pero si queda algún escéptico entre vosotros, le invito a echar una ojeada al último libro de Stefano Mancuso —del que estoy bastante enamorada— en cuanto salga publicado al castellano, que debe ser ya. Es más, os voy a dejar una reseña que hice de él cuando leí su edición italiana, que podéis leer aquí. Qué esperábais. Si soy capaz de comprarle un bosque, no iba a aguardar a que tradujesen su libro para leerlo…

Además, para que no os quede mal sabor de boca, no os preocupéis: os invitaremos a un picnic entre los artilugios científicos para interpretar el lenguaje del bosque.

Bastará con estar atentos a las hormigas.

Stefano Mancuso y Aina S. Erice estarán conversando sobre plantas y el futuro vegetal en La Térmica el próximo 7 de noviembre a las 19.30 horas en una conferencia del Aula Savia abierta al público.