Las piernas del troncomóvil, por Josele Sangüesa

+34

“Yo vine a contar una historia. En el tiempo en que las máquinas ofrecen la posibilidad de un estrellato al alcance de todo perro de vecino, una estrella murió por verse obligada a imitar a una máquina” … En su nuevo ensayo para el blog de LT, el escritor y músico Josele Sangüesa aborda la evolución de la relación entre artista, público y los escenarios de representación del hecho artístico contemporáneos a partir de la muerte el pasado mes de abril del dj y productor sueco Tim Bergling, más conocido como dj Avicii, a los 28 años en un hotel de Omán, tras pasar dos años retirado por un síndrome de fatiga crónica debido a su trabajo. Siguiendo la máxima del famoso ensayo de Óscar Tusquets de “todo es comparable”, Sangüesa establece paralelismo y comparaciones entre esta muerte, el célebre vehículo de Los Picapiedra, el Troncomóvil y habla de Walt Withman, Tom Waits, la última performance de Banksy en Sotheby’s y el fenómeno Rosalía para reflexionar sobre revoluciones artísticas, idolatrías y el “todo está ya inventado”. ¿Cómo? Pasen -vean y escuchen- y lean.

 

 

                                          LAS PIERNAS DEL TRONCOMÓVIL

                                “Obra de arte es cualquier objeto fuera de sitio”. Marcel Duchamp

 

POR JOSELE SANGÜESA

El otro día me acordé de dj Avicii. Dicho de otro modo, su muerte regresó a mi vida. Resulta que el cantante Quique González ahora vive en un pueblo de Cantabria, y por alusiones geográficas o por lo que fuera criticó a David Guetta – otro dj- por haber incumplido el contrato que le obligaba a celebrar un show en Santander DF. Guetta se excusó alegando problemas en su avión privado. Privado de vuelo, debemos entender. En una noticia relacionada, el dj con vida y con querella cántabra explicaba cuánto y de qué modo le había afectado la muerte de su colega Avicii.  Yo ignoraba por completo su existencia hasta ese día. Las presentaciones en la despedida, eso a veces pasa. Lo sentí, claro está, supongo que no tanto como Guetta pero bueno. A continuación, me informé del caso e inmediatamente me dio por pensar en las piernas del troncomóvil. Que, para quien no lo sepa, eran las de Pedro Picapiedra. Un personaje la mar de simpático de la factoría Hannah & Barbera que, junto a Vilma, su mujer, habitaba en Piedradura. Un afortunado ejercicio de péplum entendido como ciencia ficción retroactiva, en virtud del cual la Edad de Piedra convivía con las máquinas de los años 60 del siglo pasado, época que nos parecerá igualmente jurásica a día de hoy. Así, el troncomóvil era un coche que funcionaba al ser propulsado por el movimiento de piernas del patriarca Flinstone, una especie de trote espasmódico a medio camino entre un número de bailarinas de can-can y un súbito rapto de epilepsia bufa, por decirlo de alguna manera.    

 

 

Y bien, ¿en que se podrían parecerse el coche de Pedro y la muerte de Avicii? En el anacronismo. En el caso de los Picapiedra, aquello que está fuera de las coordenadas tiempo-espacio logra un efecto cómico que, como los buenos chistes, está de más explicar. Pero lo anacrónico resulta trágicamente cruel en el caso del dj. Entre otras cosas, por ser el resultado de unos imperativos laborales tan tiránicos como dementes. Por ser una resolución nefasta del viejo debate entre el hombre y la máquina. Es extemporáneo hacer viajar a un hombre de uno a otro punto del planeta al ritmo frenético de una agenda imposible para llevar a cabo una actividad que, a efectos prácticos, no requiere de su presencia. Cuanto menos, insustituible. Básicamente porque podría hacerla cualquier otro. A fin de cuentas, consiste poco más que en la reproducción de copias. Más allá de eso, apuntar que el oficio específico de Avicii era (también) otro. Compositor & productor de canciones. De acusado talento, cabría añadir. Llegados a este punto convendrá distinguir tres conceptos: productor, dj, selector. El trabajo del primero se lleva a cabo en un estudio (digital o analógico), y básicamente, consiste en diseñar sonido, estructura y arreglos de canciones o tracks que, eventualmente, podría haber compuesto. En función de todo ello, dirigir las sesiones de grabación. Por su parte dj & selector operan en clubs. La labor del dj consiste en reproducir música que irá modificando o alterando en sus sesiones. Para ello puede servirse de diversas técnicas sobre las que no cabría extenderse ahora (beatmatch, scratch, live mixing) mediante las cuales crea atmósferas o viajes sonoros. Por último, selector es aquel que reproduce un listado de temas sin mayor intervención sobre ellos. Por tanto, los trabajos por los que se pagaba a Avicii eran en esencia compositor, productor y selector de sus propias canciones. Dicho de otro modo, fabricante y vendedor ambulante de un producto que viaja por su cuenta.

 


 

A pesar de ello debía moverse de Londres a Ibiza y de Berlín a Los Ángeles para ir dándole al play a composiciones propias (alguna ajena, de manera excepcional).  Ocasionalmente, ejecutar puntuales variaciones que se mueven en los márgenes de lo previsible, al tratarse de motivos previamente pautados por la máquina, en que la opción de incidencia de la creatividad o el factor humano es muy reducida. Diría que el acto de contratar a Avicii para la ceremonia ubicua e infinita es en realidad un ritual de fetichismo semiótico. Su acto de presencia delimita la silueta del símbolo, cumpliendo a efectos prácticos la función del logo de una marca. Así pues, la estrella debe estar ahí para garantizar la autenticidad del producto, pero sin influir lo más mínimo en él. Aunque probablemente incidir en el anacronismo de este fenómeno sea un modo viejo de observar las cosas. Según el nuevo, el hecho de que el cuerpo extenuado de Avicii ejerciera el rol de logo transportable vendría a confirmar en qué medida el logo es el producto. Signo que resulta de la suma de implícitos, credencial sin fronteras, nombre que hace la cosa. ¿Quién en su sano juicio sabría comprobar en cada compra las cualidades precisas que prometía el producto? Las calorías del Kitkat, la tersura del algodón, la cafeína de la Coca Cola.  El logo es el definitivo loqueyotediga del sistema sistémico. Más allá de otras consideraciones, si los manteros exponen sus evangelios apócrifos del brand en el centro de las grandes capitales es porque están pronunciando las palabras sagradas de la grande babilón: Nike, Real Madrid, Barça, Dolce Gabbana. Cumplido ese requisito, muy en segunda instancia se abordaría el hecho de que vendan evangelios trucados. Probablemente sea lo de menos. La contraseña era la correcta. Los nombres de dios, los verdaderos. Más allá de otras consideraciones, de Taki183 a Muelle, los primeros graffiteros decidieron que su firma en las paredes -el tag- iba a ser La Obra. Perfecta aleación de significante & significado que devolvía un guiño humano al neón de las marcas que puebla el paisaje de la jungla concreta.

    

 

Entendiendo pues los viajes de Avicii en tanto que logo de la copia original, la estrella aterrizaba en escena como sinónimo de un Accept no imitations que acabó significando Os-traemos-en-directo-el-páncreas-del-muchacho aka El-chaval-noseencuentra-biendeltodo-pero-sabrá-disimularlo-para-todos-vosotros. Cuentan las crónicas que se retiró un tiempo de la circulación para acabar suicidándose en un hotel de Omán. Tras el triste desenlace en lo alto del timeline, el severo negociado de la euforia decretó el habitual Show must go on, cuya traducción más elocuente pueda ser el muerto al hoyo & el vivo al bollo. Aunque sólo sea porque el español siempre acaba teniendo ese no sé qué de atavismo abrupto en según qué giros. El mismo que hace que el obligado acto de presencia desemboque en este caso en el cuerpo presente.

 

Pero bueno, tampoco nos la cogeremos con papel de fumar lamentando la liquidación paulatina de esos atributos que una vez definieron el significado de lo artístico. Originalidad, dominio o destrucción deliberada de una técnica, voluntad testimonial o expresiva, emocional incluso. Nadie va a impresionarme con todo ese despliegue funeral, ni con los viejos dilemas entre original & copia. Yo nací, perdonadme, en la edad de Radiohead & Okeicomputer, o sea que eso. De hecho, tengo a mi Dr Pedrosanchez Blaxploited Thesis Writer XP-85 (Cifuentes Special Edition) escribiendo este artículo por mí mientras yo me dedico a celebrar los cuerpos perfectos de mis muñecas robot favoritas: AliceXp2, Chilli Chilli Kariñín, Hawaii-Bombay 2Paradize… Harén digital en fondo de pantalla sobre cuyos perfiles poso mi mirada en caricia rasante, de manera que bueno. Nosésimexplico & quémevaisacontar. Quiero decir que en realidad todo esto se trata de un asunto laboral más que estrictamente artístico. En el desplazamiento del trabajo resultante de la pugna entre el hombre y la máquina, el caso del dj hiperexplotado plantea renovadas paradojas: no es que el hombre pierda sus trabajos en manos de la máquina, sino que debe simular que sigue haciéndolos cuando es ella quien ya cumple esa función. Aunque quizás tomar una cierta distancia nos invite a entonar el nada nuevo bajo el sol. A finales del  XIX Karl Kraus escribía  “Los últimos tiempos han comenzado a fabricar máquinas nuevas para hacer funcionar una ética antigua” + “Se inventa la aeronave y la imaginación se arrastra como una diligencia”.  De modo que llegados a este punto será conveniente aclarar ciertas cosas. ¿Debía Nozomu Matsumoto, fundador de Pioneer, hacer acto de presencia cada vez que uno de sus cacharros sónicos se ponía en marcha en algún lugar del globo ? Parece improbable.  ¿Debió aparecerse en alguna ocasión? Diría que tampoco ¿Debían Charles Chaplin, Marlon Brando, Al Pacino o Daniel Day Lewis desplazarse a cada  una de las salas en las que se proyectaban sus films para representar su papel? Los hechos nos demuestran lo contrario.

 

Avicii murió el 20 de abril de 2018.  De manera inmediata se sucedieron una serie de hechos, no sabría decir si casuales o causales pero que, en cualquier caso, tenían relación directa con la noticia, y de los cuales dos me parecen especialmente significativos. Primero supimos de un súbito Paquirrín Spleen que lo tuvo desparecido de todo & de todos durante varias semanas, shockeado en casa, compilando calmantes & bajando persianas. Por si fuera poco, se despidió de las redes sociales sine die y, lo que es peor, canceló su gira en tanto que dj Kiko. Como si una voz interior le fuera susurrando “tú querías Chimo Bayo pero te estás oliendo Kurt Cobain” & eso nuncamais. Días después, Abba anunció una gira mundial de regreso con hologramas. Quizás porque el diablo sabe más por viejo cómo hacerse el sueco o porque Agnetha Fältskog, su cantante, ya no tiene el chasis psicoemocional para muchos fanes. Motivos le sobran como es bien sabido. Recuerdo que escuché la noticia de Abba en un programa de radio. Y que luego el presentador le preguntó a una tertuliana, ¿pero tú pagarías 150 euros por ver unos hologramas? A lo que ella contestó: a mí, si cantan Dancing Queen, el resto me da igual. La mujer, de una madurez imprecisa que podríamos ubicar en los bonus tracks de la milf, venía a demostrar de qué manera un gozoso aprendizaje de la decepción puede ser el fruto más preciado de la edad adulta. Y que un alto grado de posibilismo es la única opción humanista cuando la fatal combinación de éticas antiguas & máquinas nuevas hacen de nuestros héroes picadillo de circo. De modo que a la pregunta de cuántos hombres & mujeres deben morir para alumbrar un holograma podría responderse con otro aforismo de Kraus. “Un día la humanidad se habrá sacrificado por las grandes obras que ha creado para desahogarse”.

 

El paradigma bicéfalo del cantautor alcanza el paroxismo en el caso de Avicii, obligado a ser intérprete gestual de sus propios archivos. Y muestra de qué manera el negocio de la idolatría aplicada a la música puede llegar a suponer un incómodo tributo que la materia le paga al sonido. Según el cual un cuerpo físico, en tanto que sostén de la imagen icónica, debe seguir sujeto a lo incorpóreo, las ondas sonoras en las que el creador creyó liberarse, trascenderse a sí mismo. Así, la posibilidad de catarsis es resuelta en cadena. Y la presencia del artista como factor promocional se acaba convirtiendo en un incómodo extraño pasajero, el llavero más pesado que la llave que abría las puertas, ya de la percepción o de la propia cárcel. Por eso los hologramas de ABBA sugieren una apuesta por una fábrica de sueños mínimamente sostenibles. La copia inmaterial que suple al cuerpo reclamado por doquier como un émulo imposible de la copia y de sus atributos: ubicuidad & movilidad absolutas, simultaneidad en espacio & tiempo. En el caso del receptor, el vínculo de dependencia entre música & cuerpo no solamente es lógico, incluso deseable, dando lugar a una serie de tópicos más que justificados -el bailador como esclavo del sonido, cuya danza es esculpida según las directrices del dj, gran factótum de la ceremonia- tal como sugiere el viejo hit de Grace Jones.

 

 

El cuerpo humano como vehículo del arte, las posibles confusiones entre contenido & continente, el desdoblamiento & otros temas tan Antiguo Régimen nos llevan de cabeza a una de las historias favoritas de Tom Waits.  

“Sarah Berndhart era una actriz de hace muchos, muchos años. Una de las mejores de todos los tiempos. Hacia el final de su carrera actuaba en pequeños bares con una pierna amputada. (La compañía de circo) Barnum & Bailey compró su pierna cortada y (…) bueno, la mostraba conservada en formol como parte del espectáculo.   O sea, que en ese momento de su carrera su pierna ganaba más dinero que ella. Aunque parezca raro, es una historia real. Así que cuando estoy deprimido, pienso en ella y me digo, bueno, pues tampoco estoy tan mal”.  

  

 

Diría que es un relato recurrente en el imaginario de Waits, pues hay distintas versiones con variantes sobre el mismo tema.

“Una última cosa sobre Sarah Bernhardt, la famosa actriz … Eh, era toda una diva. Tenía su propio vagón de tren, dormía en un ataúd e hizo el papel de Julieta con setenta años. Pensad en eso, Julieta a los setenta … Pero perdió una pierna y entonces Barnum & Bailey la adquirió. Cobraban entre seis y ocho dólares de la época por ir a verla. Y eso debió de deprimirla, porque estaba trabajando al otro lado de la calle… quiero decir, lo que quedaba de ella, ¿sabes?…  y …claro…  saber que tu pierna está allí ganando más dinero que tú debe ser bastante triste … Pero ese es el negocio en el que estamos. Un día, Moe Greene recibió un tiro en el ojo, pero este es el negocio en el que estamos”.

 

 

La alusión final a Moe Greene es oportuna. Se trata de un personaje de El Padrino trasunto de Bugsy Seegel, histórico gangster con un papel crucial en la creación de Las Vegas y, por extensión, de la industria del ocio contemporáneo.  Todo lo cual me hace recordar que una de mis historias favoritas también guarda relación con todo este asunto & sus protagonistas, de las salas de baile a Tom Waits pasando por Sarah Bernhardt. Hablo de  la película Danzad, danzad, malditos (Sydney Pollack, Jane Fonda, Michael Sarrazin) cuyo título original es They shoot horses don´t they? (¿Acaso no matan a los caballos?), novela de Horace McCoy en la que se basa. Sinopsis, Wikipedia. Durante la época de la Gran Depresión, en los Estados Unidos se montaban espectáculos que consistían en hacer bailar a parejas de forma continuada, día y noche, con pausas mínimas. Ganaba la pareja que resistía bailando más tiempo, recibiendo un premio en metálico. Gloria y Robert se conocen en uno de esos concursos, y rápidamente deciden formar pareja pues están desesperados al no tener recursos siquiera para comer. Mientras bailan al menos reciben comida y, si ganan, podrán sobrevivir con el dinero del premio.

 

 

El contexto histórico de la Gran Depresión es poco equiparable a la prosperidad global de los ambientes en que se movía Avicii. No obstante, en ambos casos hay algo de celebración agónica, de gesta en el hedonismo. A bote pronto, la alusión al caballo como hipérbole que iguala al hombre explotado con la bestia de carga revela una curiosa correspondencia con el mundo de la actual cultura de baile. La ketamina, droga prototípica de las raves, es usada también como anestesia para caballos. Un siglo después de la época que retrata el film de Pollack, las cosas se siguen dirimiendo entre Last night a dj saved my life & Kill the dj, la eterna dialéctica en que eros & thanatos siguen yendo cogidos de la mano.

 

Pero en realidad lo que más me interesa del cartel es su slogan. La gente es el mayor espectáculo. Parece claro que alude a la pulsión perversa de la contemplación del sufrimiento ajeno concebida como Gran Atracción. Aunque convendría evitar la tentación de decir que se trata de otro primer precedente del reality show. En los años de la Revolución Francesa las crochetières –mujeres aburridas o ávidas de sangrese congregaban alrededor de la guillotina con los complementos oportunos: morbo testimonial + un pack de costura. Y entre puntos de cruz con vistas a la historia iban siguiendo minuto & resultado, antes de que tuviera que venir a contárselo ningún Chateaubriand. De modo que es probable que todo este asunto se trate simplemente de un progresivo perfeccionamiento de la crueldad vinculado a la noción democrática de espectáculo. A fin de cuentas, como dijo alguien, tradición es el cambio a lo largo del tiempo.

 

La figura del dj opera en la encrucijada fatídica entre continuidad & ruptura de las formas. Situado al mando de todo nuevo artefacto, se erige en gestor del cambio de perfiles. Sólo desde esa perspectiva morfológica, su música sería asimilable al jazz. Mientras la improvisación del género negro abre las canciones armónica y rítmicamente, en el tecno la difuminación de formas es más el resultado de una implosión, de una huida hacia adentro vía fragmentos aislados por la máquina -secuencias, beats- que serán repetidos en capas superpuestas. En ambos casos pretende superarse el formato nuclear de la canción. Quizás por todo eso, o simplemente por tener que trabajar dándole cuerda al tamtam que mueve el mundo, un paseo por la galería de los oficios de la música de baile puede acabar por convertir la mente de cualquiera en un pasaje del terror porque ese es el negocio en el que estamos. En junio del 2017 dj Pastis & dj Buenri emitieron el comunicado oficial conjunto Quiero Curarme para informar del inminente ingreso del primero en un centro de desintoxicación. Entre otras consideraciones más o menos canónicas

.) El nihilismo del exceso.

.) Para enfrentarte a ti mismo te tienes que joder, te tienen que encerrar, te tienes que morir, tienes que cambiar, te tienes que caer.

.) Lo físico es muy jodido. Porque por muy bien que estés de ánimo, cuando el cuerpo se te deteriora, cuando te cagas encima, es muy jodido) –

 

se hacía especial hincapié en la importancia de la colaboración de los fans. En palabras de Buenri: “Toda persona que se acerque a David (nombre de pila de Pastis) para ofrecerle sustancias será considerada persona non grata. Ni se le da, ni se le ofrece, ni se le regala, ni se le menciona, ni se le dice. Y al que le vea diciendo algo, te juro por Dios, los seguratas tendrán orden inmediata de cargarlo, eliminarlo, joderlo, suprimirlo“. Y ese es el negocio en el que estamos.

 

 

A mí me gusta mucho la acepción literal de People are the ultimate espectacle: el público como espectáculo. El auténtico espectáculo. A finales del XIX Walt Whitman escribe sobre el teatro Bowery, en el Lower East Side de Manhattan. “Lleno desde lo más alto hasta el foso, con un público compuesto principalmente por hombres de mediana edad y jóvenes viriles, bien vestidos y alerta -los mejores exponentes de los mecánicos de Estados Unidos- la naturaleza emotiva de la masa se encendía por el poder y el magnetismo de los magníficos mimos que caminaban por el escenario. Todo el auditorio, y lo que lo animaba y coloreaba sus rostros y sus ojos, para mí eran parte del espectáculo como cualquier otra cosa – a punto de estallar en una de aquellas tempestades de aplausos sostenidos que eran propios del Bowery- (…) una fuerza eléctrica y musculosa de unos dos mil hombres que eran puro nervio”.

 

Diría que el público es hoy en día bastante más de la mitad del show. Sea como fuere, el periodo que va del texto de Whitman a la eclosión de las redes sociales supone una constante oscilación de la línea que separa el espectáculo del público. Una   reescritura de ambos términos. Qué es la acción & qué la reacción. Quién es el observador, quién el observado. Qué es la figura & qué su sombra. Lejos de llegar a discernirlo, me fascina observar cómo público & show entretejen simetrías de movimientos reflejos.  Y  me pregunto si las mismas dinámicas que  hacen del público  requisito indispensable & carne picada para el gran  ritual, son las que cada tanto pueden proyectar sobre el artista la triste figura del juguete roto. Si las mismas dinámicas que conciben a la masa como una bestia informe sobre cuya joroba se cimenta el pedestal de la fama pueden concederle, en una trágica inercia compensatoria, la facultad de decidir que una estrella haya de desaparecer antes de tiempo. Siempre, claro está, desde el trazo involuntario del random. De la ruleta rusa por persona interpuesta & con ojos vendados.  Aunque probablemente todo tenga una explicación bastante más prosaica, que podría resumirse en forzar el sentido de la oferta & la demanda.

 

¿Qué está pasando con la música? Al principio de la 5ª temporada de Mad Men (capítulo tercero, versículos finales) Don Draper repite esta pregunta a los jóvenes publicistas que ingresan en su agencia. Estamos en la segunda mitad de los 60 y a un paso del Village, por lo que un cuarentón como Draper representa malgré lui el antiguo orden que se inquieta frente al desembarco de los nuevos signos. La evolución del papel de la música desde la invención del gramófono -1888-  está relacionada en gran medida con la publicidad, el oficio de Draper. Y especialmente con el advenimiento del pop. Aunque en él coexistan otros factores –el baby boom posterior a la 2ª GM, la eclosión de la música negra- el perfeccionamiento de las técnicas de marketing aplicadas a la figura del cantante o las bandas no sólo amplían el campo de acción del entretenimiento juvenil al ámbito de estructuras multinacionales, sino que aseguran su asentamiento como religión contemporánea de facto.

 

 

Me interesa invertir la pregunta de Draper para observar qué pasaba antes, en el periodo inmediatamente anterior a la llegada del pop.  Obviamente existía la música: grandes orquestas, crooners, canciones. Las estrellas se movían en un estadio algo anterior en el desarrollo de las técnicas de la idolatría. Por otro lado, no actuaban como estandartes de una cultura juvenil aún inexistente, y, aunque artista y público pudieran ser jóvenes, carecían de rasgos específicos -ropa o consignas- que los identificaran claramente como grupo. Así que difícilmente podían ejercer el rol explícito de líder grupal. En sus declaraciones públicas apenas expresaban opiniones personales más allá de cánones pautados o, dicho de otro modo, no formulaban la cosmogonía de una mirada de autor.  El entretenimiento encarnado en la figura del crooner no tenía la apariencia externa de amenaza para el status quo y más allá de su valor, su artesanía representaba agradables modulaciones sobre el decorado de fondo que no venía a alterar el cuadro en su conjunto. Desde la perspectiva actual es inevitable ver a ese viejo ídolo como sinónimo de rigidez y hieratismo, postal de viejos usos y costumbres.

 

En el extremo opuesto al crooner, el bluesman rural es una figura de contornos poco definidos. Cuando no está oculta tras una nebulosa de alias, bascula entre el hermetismo y el anonimato para acabar habitando en la inexistencia pública. En la mayoría de los casos se trata de un músico de fin de semana que nunca aspiró a alcanzar la profesionalidad y cuya obra se circunscribe a las horas de descanso de unos calendarios laborales generalmente duros. La historia de Fred MacDowell ilustra bien el tránsito del ocio al negocio en la música afroamericana. MacDowell registró en 1965 el tema You gotta move. Los Rolling Stones la grabaron en el 71 consignando la autoría legal del viejo bluesman, que con los royalties se compró una gasolinera en la que trabajar.  Murió poco después a los 66 años.

 

 

Tomemos a Jagger como signo de la instauración del pop, y con ella, la explotación del culto a la personalidad del ídolo como nunca antes había sucedido. O como nunca habría podido suceder. La ingeniería mítica elaborada a su alrededor alcanza cotas faraónicas y poco más o menos eso es lo que estaba pasando con la música, así por contestar un poco a mister Draper. Camisetas y tazas con rostros de cantantes, manifestaciones públicas de adhesión o repulsa, desmayos de niñas en cadena, niños que se llaman Lionel porque hay cantantes que se apellidan Ritchie y un largo etcétera. En fin, no hay mucho que añadir respecto al mundo conocido, a nuestro ámbito de mitos compartidos durante medio siglo. Del primer Dylan hasta el último biopic de Freddy Mercury todo eso son santos que yo te pinté.

 

La llegada de internet demanda ahora la escritura de nuevas reglas y modos de empleo de la idolatría. Mi vecino Vlado tiene un cocker spaniel que se llama Trotsky y sale en un video bailando Billie Jean con apabullante clamor de visitas. Cuando me los cruzo en la portería yo no sé muy bien qué cara poner. Vlado sí. Lleva colgado en el rostro el cartel de no firmamos autógrafos, con una severidad segurata entre María Kodama & Margarita Seisdedos que echa para atrás. Trotsky por su parte menea la cola como si no se le hubiera subido la fama a la cabeza. Improviso hipótesis en el ascensor. El hecho de que todos quieran ser lo que cualquiera puede acaso sugiera que en la cumbre del deseo está su agotamiento. Pero en realidad yo vine a contar una historia. En el tiempo en que las máquinas ofrecen la posibilidad de un estrellato al alcance de todo perro de vecino, una estrella murió por verse obligada a imitar a una máquina. Descanse en paz. Como suele suceder, pasaron los días y el tiempo fue integrando apocalipsis. Unos decían que el futuro es una gran incógnita hecha a semejanza de nuestro cerebro, del que tanto ignoramos aún. Otros, usuarios frecuentes del candor evergreen, que los nuevos avances tecnológicos han puesto al alcance de todos lo que todos venimos haciendo desde el mismo principio de los tiempos. Y así continuaron pasando los días.  Banksy, Archiduque del Anonimato, siguió representando el papel de pollo sin cabeza a la que pone precio, y un día hizo que Sotheby´s fuera el Wall Street de su arte concebido como rastro prófugo o camino de migas de pan. Hasta que al final llegó Rosalía, guapa que soy Pedro, desatendida plegaria. Ayer le leí un titular: “Todo está hecho, lo que cambia es el contexto”. Está muy bien dicho. Lo continuo que sigue alterando su forma, la potencia proteica atravesándolo todo. A fin de cuentas, se trataba de que esto

 

acabara siendo esto.

 

Esto

 

esto.

Y aquello

lo de más allá.

 

La apuesta en la que juegan cambio & permanencia está cada vez más alta, de modo que hagan juego. Y como lo que se renueva es el contexto, Rosalía ha irrumpido en escena protagonizando una serie fantástica de videos para la productora audiovisual Canada. No contenta con eso, y demostrando que es una artista total, ha compuesto también su banda sonora. La crítica de ambos géneros es unánime al respecto: Rosalía ha llegado para quedarse, y lo celebro. Pero en los márgenes de su estela el panorama seguirá saturado de ídolos domésticos que ejecutan su danza de amago & distracción. Entre el copy & el paste, el pinta & colorea y el usar& tirar irán formando una constelación de intermitencias cada vez más fatuas, ruidosas y cercanas. Y quizás de tanto forzar la expresión nos acabemos preguntando si venía del verbo expresar o del verbo exprimir. Así que el panorama aconseja una cierta prudencia frente a la adhesión incondicional a falsos profetas. Nada exagerado tampoco, una iconoclastia como de andar por casa. Y aunque el manual de instrucciones de la idolatría sea en gran medida jurisdicción de los jóvenes, quizás puedan aprender algo de sus mayores. Por ejemplo, del discreto encanto de la burguesía resuelto en ese tópico amatorio. En el trance sublime de la unión carnal, y siempre en aras de la continuidad de la institución del matrimonio, uno de los dos o ambos al unísono hacen un alarde de delicadeza & civilidad que ya conforma el rito: cerrar los ojos, concentrarse bien y ponerse a pensar en quien les apetezca.