El ser es un océano sin orilla, por Marina Reina

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En este artículo, la fotógrafa Marina Reina explica el proceso que le llevó a iniciar el proyecto Palma-Palmilla, una muestra fotográfica y documental sobre el barrio considerado como más marginal de Málaga que puede verse aún hasta el 13 de mayo en las salas de La Térmica. El proyecto, surgido de una beca que en 2015 recibió la Marina Reina de la Obra Social La Caixa por el proyecto Palma-Palmilla Arte para la mejora social, nació de la curiosidad y la necesidad de conocer qué sucedía realmente dentro de aquellos edificios y esas plazas y de ofrecer una visión más allá del estereotipo de barrio peligroso y marginal que siempre le ha acompañado. Como ella escribe en esta memoria emocional de su trabajo, todo consistió en abrirse a los extraños y vencer los miedos. A partir de ahí todo fluyó. Este es el relato de lo que sintió durante el proceso, acompañado de alguna de las fotografía de esta hermosa exposición llena de vida.

 

No recuerdo muy bien por qué, puede que volver a casa tras un cambio importante en mi vida me hiciera arrancar la motocicleta y deambular por la ciudad. Siempre lo he hecho, en momentos así, decido moverme y caminar por lugares desconocidos, descubriendo rincones y atajos.

El 23 de abril de 2015, fue uno de esos días, leí una frase de Ibn Arabi: “el ser es un océano sin orilla”, la escribí en un cuaderno y salí de casa sin rumbo fijo. Siempre había oído hablar de Palma Palmilla, de pequeña hubo advertencias, era un lugar al que no se debía ir. Se decía que la policía no entraba en Palma Palmilla, que existía un descarado tráfico de drogas y delincuentes por todas partes. Decían que me robarían nada más entrar. Que alguien, alguna vez, había visto un burro dentro de una casa.

Yo quería verlo con mis propios ojos, debía haber algo más…

 

Recuerdo que estaba contenta y nerviosa a la vez. Mientras, esperaba que el semáforo me diera paso, para, por fin, cruzar la frontera de edificios blancos, colocados en hilera que atrincheran el circuito de calles en el distrito. Crucé el puente que separa Palma Palmilla del resto de la ciudad, y continué un poco más, sin saber a dónde iba, izquierda, derecha… sólo pensaba en recordar bien la salida, orientarme de modo que pudiera escapar en caso de emergencia. Di una vuelta rápida, me llené los ojos, y regresé a casa con un subidón de adrenalina.

Volví. Volví muchas veces.

Solía aparcar fuera y caminar al interior. Todos me miraban. Yo hacía como si nada e intentaba aparentar normalidad, como si supiera a dónde iba. Nos íbamos reconociendo como animales salvajes. Yo controlaba mis miedos frente a aquel lugar desconocido pero de alguna manera, sentía que ellos me temían también. Creo que no entendían qué hacía allí. Fui estableciendo pequeños objetivos:

 

Caminar.

Caminar con la cámara al hombro.

Caminar con la cámara al hombro y disparar alguna foto.

Caminar con la cámara al hombro, fotografiar y sentarme a charlar con alguien.

 

Sin saber por qué, me obligaba a aquel paseíllo semanal, casi diario, que me provocaba un pellizco en el estómago y me hacía sudar las axilas. Pasó el tiempo y a pesar de los síntomas, ya no quería dejarlo.

Mis temores desaparecieron en el momento en el que los dejé marchar. Fui sintiéndome más cómoda, llegó el verano, y mis paseos se alargaron. Me enamoré de la luz azul del atardecer, el momento en el que la vida dentro de las casas se intuye desde la calle. Las luces de las ventanas llamaban mi atención: amarillas, rojas, verdes, moradas… las voces, los gritos, las risas de los niños, el rumor de los platos en la cocina a la hora de la cena. Los jardines, las flores que crecían a pesar del caos, la suciedad y el desorden. Las miradas detrás de los visillos, las pintadas en las paredes, las plazas, los ladridos de los perros cuando menos te lo esperas… empecé a empaparme de la vida en carne viva.

 

Con los sentidos abiertos y el alma a flor de piel, llegaron los retratos.

Las personas y sus historias estaban allí, esperando a ser oídas, fotografiadas… me parecían tan reales, tan hermosas… yo quería fotografiarlo todo, grabarlo todo, escribirlo todo.

Poco a poco Palma Palmilla se hacía realidad en mí, ya no me la imaginaba, la estaba viviendo y quería contarla, pero no quería hacerlo sola. Me parecía absurdo vivirlo y contarlo sin los vecinos. En enero de 2016, comenzaron las clases de fotografía en la biblioteca. Intercambiamos el miedo a ser fotografiados, por el poder de contar nuestras propias historias. El grupo que se formó me impresionó desde el principio, constante y entusiasta, hizo exigirme hasta el final. La gente me iba conociendo, me contaban sus anhelos y poco a poco fueron compartiendo las fotografías que guardaban en sus álbumes de familia. No somos nadie sin nuestra historia, y Palma Palmilla había sido olvidada por todos desde sus inicios. Ni rastro de un archivo formal. Rescatar algunas de esas fotografías, encendía la luz que había estado apagada.

 

Ahora que cierro esta etapa pienso en las horas, los paseos y las personas que he conocido. En las noches de verano, en las sonrisas, en los juegos en la calle… No podría agradecer el cariño recibido, el amor encontrado, la confianza regalada. Reflexiono y pienso en el poder de las pequeñas cosas, en romper las barreras que nos impiden crecer, los miedos que nos aíslan en nuestro entorno cotidiano, en la fuerza de un abrazo, en la necesidad de sentirnos parte de algo. En lo difícil que a veces nos lo pone la vida, en la esperanza que espera siempre a aquellos que de verdad la necesitan.

Lo he visto con mis propios ojos, lo he oído, lo he tocado.

Palma Palmilla seguirá su curso palpitante, solo me cabe esperar que se abran las compuertas, que mis miedos liberados, liberen también a otros, y si me dejan soñar un poco, que esos niños que he encontrado, alcancen un día el cielo con sus manos.